Статьи и пресса

Хулио Чавес (Julio Chávez) родился 14 июля 1956 года в Буэнос-Айресе, настоящее имя Julio Hirsch, актер, театральный сценарист и режиссер.
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koruskant
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Сообщение koruskant » Вт фев 02, 2016 21:38

Un hallazgo, nueve años después

A casi una década de su estreno original, el "maestro" Julio Chávez vuelve a deslumbrar con un unipersonal en el que interpreta a dos personajes. Una verdadera "obra de actor"

Quienes pudieron ver hace nueve años el unipersonal Yo soy mi propia mujer saben que es una obra para ver estallar a Julio Chávez. De eso se trata: solo en escena, el actor tiene que componer dos personajes con la misma profundidad y esbozar otros tantos. Apenas una túnica colorida y un collar de perlas dan indicios de los cambios de roles, el resto pasa por él: la voz, la espalda, el pecho, los pies. Cada cambio corporal –los mejores son los más sutiles, claro– es mérito propio y un hallazgo de su interpretación.

Cuando este espectáculo se estrenó en 2007, en la sala del Multiteatro, con la dirección de Agustín Alezzo y todo el mismo equipo creativo que este verano volvió al Paseo La Plaza, el trabajo de Julio Chávez resultaba simplemente apabullante. No solo por todos los cambios de registro que debía hacer para pasar de un escritor apasionado en contar una historia, a una excéntrica travesti que había sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial, al nazismo y al comunismo. Además, Chávez descargaba sin vacilar textos largos, complejos y profundos. Todo dependía de él.

Nueve años después, sigue pasando lo mismo. Chávez interpreta al individuo más excéntrico que pudo producir la Guerra Fría, valiéndose él mismo de toda su excentricidad, de sus matices y de cada color que le pueda dar a los seres que compone.

Consciente que tanto desde el texto que escribió Doug Wright como por el actor que está en el centro de la escena, Alezzo desde la dirección se ocupa de generar las condiciones para que Chávez brille. La escenografía es fragmentada, una puerta en un costado y una luz tenue: el resto pasa por el trabajo de interpretación. Entonces, un giro del actor, un abrir y cerrar de puertas, un collar que se saca, un cambio de voz, incluso una leve inclinación de la espalda, alcanza para ver que el personaje cambió, que el que habla es otro al que lo hacía apenas un segundo atrás. Todo se resuelve desde la teatralidad. El efecto sigue vigente, y que una obra construida de esta manera se presente en una sala de teatro comercial no deja de ser un riesgo hacia la experimentación para el público masivo. Aunque hayan pasado nueve años desde aquel estreno, en ese sentido las cosas no cambiaron tanto.

Yo soy mi propia mujer es una obra basada en la vida de Charlotte von Mahlsdorf, un extravagante personaje de Berlín del Este, conocido por coleccionar relojes, fonógrafos y muebles antiguos y que salió airosa de dos de los más opresivos regímenes del siglo XX (los nazis y los comunistas); mientras se mostraba abiertamente travestida.

El relato transita por distintos niveles: comienza con el retrato de una mujer encantadora, que atravesó momentos traumáticos para salir fortalecida y se hunde en situaciones moralmente dudosas, que la hacen ver como una espía, que delató a sus amigos. El texto de Doug Wright es, a la vez, una radiografía intimista acerca de la vida de una travesti y un cuadro realista sobre la Alemania de la segunda mitad del siglo XX.

El espectáculo funciona, como lo hizo aquella vez, sostenido en ser “una obra de actor”, que está ahí para lucirse. «
http://tiempoargentino.com/nota/203030

Vale1807
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Сообщение Vale1807 » Вс фев 14, 2016 12:56

http://www.perfil.com/espectaculos/Entr ... -0003.html

“Entre aceptar y digerir hay diferencia”
El actor protagoniza Yo soy mi propia mujer, Muestra respeto por los textos de Shakespeare y confiesa que aún no se anima a interpretarlos. Elige no embanderarse con ningún partido y no juzga a sus colegas. Acerca del conflicto por el decorado, prefirió no opinar.
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Ya no tiene la barba candado de Antonio Cruz, su asesino de Signos, sino que ahora se calza los zapatos de tacones para encarnar a Charlotte von Mahlsdorf. Es Julio Chávez quien desde el escenario de la sala Pablo Picasso recibe con una amplia sonrisa. “Estoy esperando que aparezca un material –asegura– y como tenía ganas de volver con Yo soy mi propia mujer lo propuse. Hablé primero con el director, Agustín Alezzo, por si me quería acompañar nuevamente, después con Pablo Kompel (N.d.R. empresario y dueño del completo teatral), y aquí estamos”.
Estrenó los primeros días de enero y permanecerá hasta junio de este año. Con localidades a $ 350, logra una media muy buena en el verano porteño. (N.d.R. La entrevista se realizó antes que surgiera el conflicto por la escenografía –ver recuadro– y luego el actor no quiso opinar.)
“Al ser unipersonal es mucho más fácil reponerlo. Aquí sos el solista y no necesitás a la orquesta. Es una obra que la puede contar un intérprete de treinta hasta de ochenta años.

—¿Cómo ves este momento ?
—Hay gente que espera que el teatro vuelva a tener su espacio, otros se enojarán. Creo que estamos en crisis y es una buena manera para que cada cual revise sus principios. Ellos no son naturales, son construcciones, y habrá que reverlos y pensarlos. Hay un gran poder mediático que avanza en muchos temas que uno no considera exclusivamente artísticos, como que una pelea sea más poderosa que un espectáculo. Esto te pone en jaque y pensás si seguís siendo socio del club o podés cambiar. Las crisis permiten que cada cual se reubique.

—Hubo cambio de gobierno y vos siempre te mantuviste al margen sin apoyar o criticar a los K, ¿y la forma en que reaccionaron tus colegas?
—No sé quiénes se embanderaron, ni quiénes se cambiaron. Esta nueva situación hizo que muchos repiensen en qué situación se van a poner. Algunos hoy tienen una situación ideológica que antes no tenían. Me parece posible y respetable. Cada uno es responsable de su vida. No soy yo. En algunos temas, como las ideologías, somos autónomos. Uno elige un principio como juez, yo elegí el teatro. Mi posición es con mi trabajo. Frente a ese juicio, cuando me llegue una carta documento iré. Decidí hacer mi tránsito en mi vida con ese tema. No quiero ser enjuiciado en los otros espacios. Viví en la década del 70 y esto es juego de niños. Me llamaban y me decían: “Tranquilo no estás en una lista”. Vi a mucha gente, colegas, comprometidos que tuvieron que exiliarse por películas comprometidas. Viví el temor de ir a buscar el pasaporte, palpé la alegría de llegar a Ezeiza. No puedo quitarme del cuerpo esas experiencias. Recuerdo con creces esas sensaciones. No había tuits amenazantes, era la vida de muchos. Esto me despierta el dolor de aquel momento. Hoy no me produce ni siquiera interés mediático. No me agrada la chicana, ni las listas de ningún tipo y debo decirte que se reabrió una angustia anterior a la de 2015. Este es un momento muy particular. No estoy embanderado: sólo con el teatro.

—Desde su estreno (2007)hubo cambios. En el año 2010 se votó la ley igualitaria. ¿Qué peso tenía la temática homosexual y cuál puede tener hoy?
—No es un material que haya pegado en ese sentido. Nunca hubo ni rechazo, ni adhesión mediática de ningún grupo que se sintiera representado. Nunca se llenó la sala con personas que estuvieran luchando por algo así. No fue hasta el día de la fecha una obra emblemática. Hoy por hoy hablaría de la necesidad de sobrevivir cuando el mundo se divide tanto. Plantea cómo actuar cuando estás amenazado sobre a qué bando pertenecés. La misma Charlotte confiesa en el texto: “Siempre he seguido mi propio camino, que tiene a derecha y a izquierda un abismo”. Intenta no caer ni a un lado, ni al otro.

—Charlotte von Mahlsdorf murió en el año 2002 y su familia se opuso a que en la lápida le pusieran ese nombre. Por eso figura con su nombre masculino (Lothar Berfelde) y entre paréntesis el femenino.
—Creo que hay diferencia entre lo que se acepta y lo que se digiere. Siento que hay un gran avance, pero aún hay conflictos. Como sociedad podemos estar muy sorprendidos y contentos, pero hay que festejar comprendiendo que todavía hay gente que tiene dificultad. No es tan fácil escuchar las melodías nuevas, como tampoco es bueno maltratar a los que todavía están con las viejas. Soy cuidadoso de no producir resentimiento de aquellos que primero se callan y luego arrasan. Cuando estaba en Farsantes se me acercó una señora y me dijo: “No me gusta nada el programa que están haciendo, porque no estoy de acuerdo con ese tipo de vínculos, pero la ternura que ustedes tienen en sus escenas no puede dejar de conmoverme”. Pensé qué bueno que alguien que está en las antípodas acepte ese sentimiento. El tema ya está sobre la mesa, hace cuarenta años era impensado: es un gran avance. La igualdad entre hombre y mujer está adelantada, pero no resuelta. Las mujeres han avanzado mucho, pero se va complejizando el tema. El concepto de “único” se ha descartado, hay variedad y multiplicidad, hasta en las matemáticas.

—¿Te habían ofrecido hacer de Arquímedes Puccio en Historia de un clan, que al final hizo Awada. ¿Cómo lo viste? ¿Qué te pasó con la competencia con Signos?
—Sí, pero estaba haciendo Farsantes y ya me había comprometido con Suar para hacer una miniserie. No vi ni el programa, ni la película; en ésta como trabaja Lili Popovich (N.d.R. su asistente desde hace años) quiero verla muy tranquilo. No entro en esta situación de Boca vs. River.
Cuando se le pregunta por los dramaturgos clásicos, que aún no interpretó, Julio Chávez reflexiona: “No es sólo buscar un rol, se debe encontrar un equipo para interpretar textos como los de Shakespeare. Hay que entender el material y no es fácil construirlo. Siempre fui y soy un intérprete temeroso, no soy un aventurero. Sin lugar a dudas Alcón era un actor para estos textos. Peter Brook escribió: “¿Cómo hacer para presentar en la mesa el sabor increíble que leíste en el menú?”. Es la maldad de Shakespeare: ¿cómo lo presentás para que se acerque a lo que imaginaste en la lectura?

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Сообщение koruskant » Пн фев 15, 2016 11:40

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Vale1807
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Сообщение Vale1807 » Пн фев 22, 2016 19:16

Julio Chávez "Tendrá doble vida"
El actor de “Yo soy mi propia mujer”, protagonizará una película sobre prostitución dirigida por Daniel Barone.
Clarín Espectáculos 7 Feb 2016 ANDRES DELIA
Después de componer a un asesino en Signos (El Trece), Julio Chávez cambiará el rumbo. En unos meses comenzará el rodaje de "Condenada sangre", basada en la novela de Sergio Olguín "Oscura monótona sangre". El director será un viejo amigo, con quien ya trabajó en TV ( El Puntero, Tratame Bien) y en teatro (Red): Daniel Barone. La novela de Olguín plantea la vida de un hombre que, camino a su empresa a las afueras de Buenos Aires, se mete por barrios humildes como forma de paseo. Un día guiado por una pulsión, contratará los servicios de Daiana, una adolescente que le provocará un tsunami de deseos. Así, de empresario preocupado por la buena imagen de su familia, tendrá que organizar prolijamente su doble vida.
Chávez que protagoniza en teatro "Yo soy mi propia mujer" (en la Plaza, en versión de Fernando Mallorens y Federico González del Pino), volverá a la pantalla grande después de películas como "El otro", "Un oso rojo" y "El custodio".
A los 59 años Julio Hirsch (así se llama en realidad) atraviesa un gran momento profesional. Con casi 20 películas en su curriculum, "Condenada sangre" lo tendrá en un rol menos oscuro que el de "Signos", ciclo en el que compuso a un asesino que organizaba un cronograma de crímenes de acuerdo a los signos del zodíaco.
Enloquecido y dispuesto a traspasar los límites por una relación inconfesable, la metamorfosis del personaje será sorprendente. Por esa novela Olguín obtuvo el Premio Tusquets de Editores de Novela.
Cada noche Chávez provoca un estruendo de aplausos en "Yo soy mi propia mujer" de Doug Wright. Se pone en la piel de Charlotte von Mahlsdorf, un extravagante personaje de Berlín del Este y logra "piel de gallina" en más de un espectador. En breve será su turno de volver a sorprender frente a cámara.

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Сообщение Vale1807 » Чт фев 25, 2016 09:44

http://rouge.perfil.com/2016-02-24-7874 ... omo-actor/
Julio Chávez: “La TV me hizo crecer como actor”
Maestro de actores, toca el alma de un personaje entrañable con la profundidad que lo caracteriza. Sin artilugios, a puro talento, pone de pie a más de 400 personas en cada función.
En el teatro la plaza, la sala Pablo Picasso está colmada de gente, no queda ni un lugar libre. A la hora justa, se apaga la luz, se enciende el escenario y por una puerta antigua de madera que remonta al siglo pasado aparece el actor, vestido de negro, con un collar de perlas en su mano. Ya en el primer minuto se intuye que se desencadenará una dualidad, que habrá dos en uno; y aun más voces desplegando personajes en un solo cuerpo. Es la talla de Julio Chávez la que permite el desdoblamiento constante a cada paso de este unipersonal que no hay que perderse.
MA: Yo soy mi propia mujer es una obra que estrenaste hace 9 años y hoy la volvés a representar ¿Porqué tomar este material una vez más?
JC: Pensé en los pianistas y en las partituras que se vuelven a tocar una y otra vez y me dije: ¿por qué no hacerlo con esta obra? Me siento un ejecutante, ahora más conocedor del oficio, menos temeroso de actuar. Incluso, las elecciones que hice hace nueve años, las comprendo mejor hoy. Es como un matrimonio, con el tiempo, uno comprende de qué se enamoró en aquel momento.
A pesar de los prejuicios que puedo manifestar en cuanto a que el teatro es siempre el mejor espacio para el actor, me sorprende diciendo: “Haber hecho TV me hizo crecer mucho como actor.
Estoy muy agradecido de esas experiencias ( Tratame Bien, Farsantes, Signos, El Puntero), tengo hoy un diálogo más abierto como intérprete”. Insiste en la libertad que le permitió adquirir su trabajo en las tiras y unitarios que en los últimos años realizó en canal 13 con la producción de Adrián Suar.
Ahora, en el teatro, desplegando su experiencia, interpreta Yo Soy Mi Propia Mujer, la historia de un hombre (Doug Wright-dramaturgo) que se obsesiona por conocer y escribir sobre Charlotte Von Mahlsdorf, un extravagante personaje de Berlín del este, conocido por coleccionar relojes, fonógrafos, y muebles antiguos de la época de Wilhelm II, que sale airosa en el SXX de los opresivos regímenes nazi y comunista, mientras se mostraba abiertamente travestido. En el trascurso de sus visitas y conversaciones con ella, Wright descubre que quizás sea una farsante, que es posible que no tenga la pureza que su idealización mantenía intacta.
“El autor, finalmente decide creerle a ella, aunque cuenta que en la mirada tenía algo peligroso”. Asegura Chávez y se pregunta, “¿Quién es enteramente transparente cuando ni siquiera nos conocemos profundamente a nosotros mismos? Cuando además, utilizamos sólo un aspecto y otras zonas quedan en la oscuridad. ¿Quién se presenta como realmente es?”
MA: Ella dice que los seres humanos somos todos iguales, un pedazo de carne, nada en particular.
JC: En ese sentido lo somos, pero el alma y la mente que cada uno desarrolla no son iguales, no somos todos iguales.
A pesar de la duda que se plantea acerca de sus traiciones, y su manera de mostrarse, la obra ofrece la posibilidad de comprender la esencia de Charlotte, su lucha por ser quien quiere ser, quien siente que es hasta el final de sus días. Aunque para lograrlo deba defenderse de las hostiles circunstancias en las que esta inmersa. Ella nació en Berlín de Este y sobrevivió en mundo inhóspito y cruel.
“La homosexualidad cuando es oculta produce muchas veces más persecución que cuando es manifiesta. Una de las formas que ella tuvo de protegerse, fue la de mostrarse irreverente. Tal es así que provocaba risa. Creo que es más difícil para sobrevivir ocultar y que el otro se alegre de descubrir el secreto, que mostrarse como ella lo hizo”, asegura.
La representación de Julio Chávez es sublime en todo momento, los cambios de un personaje a otro, ella, él, su amigo, los policías, todas las voces que integran el unipersonal son representadas por un inmenso actor, que transpira la camiseta arriba del escenario sin escatimar talento y trabajo. Julio rescata la certeza de que cuando un artista se entrega por completo, el espectador puede sentir esa manera de dar sin limites. Así lo expresa una sala de pie, unida en un aplauso de agradecimiento a esa entrega insoslayable.
“Me conmueve el aplauso, me da pudor. Pero lo que más me conmueve es el momento anterior al saludo, cuando me saco las cosas y se produce un silencio que es el mayor regalo, es un instante que el espectador construye”.

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Сообщение koruskant » Пн фев 29, 2016 21:59

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Un texto lejano de Doug Wright, una dirección magistral de Alezzo, una actuación histórica de Julio Chávez: una obra inolvidable.

El teatro es un arte maravilloso. Grandioso y a toda pompa en el circuito comercial. Esforzado y cálido en el independiente. En ambos hay obras buenas, regulares y muy buenas. Y cada tanto se alinean los planetas; es cuando surgen las obras impresionantes.

Cuando leí las gacetillas, los datos venían con fanfarria: dirigía el maestro Alezzo, cincuenta años moviendo los hilos tras bambalinas; actuaba Julio Chávez, quizá el mejor actor argentino del momento. ¿El texto hablaba de travestismo en pleno nazismo y comunismo? Genial. Pero ya saben lo que dicen, una cosa es decirlo (en este caso, leerlo) y otra, vivirlo.

Yo soy mi propia mujer se presenta en pleno horno porteño en la bella sala Pablo Picasso del complejo La Plaza. Chávez sale a escena y empieza a operar la magia: un único actor, un tocadiscos viejo y la oscuridad del teatro alcanzan para teletransportarte un siglo atrás, del otro lado del mundo. Teletransportarte sin trucos, ¿eh? Chávez te toma con la fuerza del arte y te lleva a recorrer cien años de tragedia europea rememorando la vida de Charlotte von Mahlsdorf, extravagante coleccionista de antigüedades de Berlín del Este. Matanzas y persecuciones, locura desatada, pero también amor por la vida, pasiones porfiadas y convicciones de las que cuentan deambulan por la obra: son las que hacen de este mundo tan agresivo, un sitio que aún así puede disfrutarse. A que sí.

Ya que se trata de un unipersonal, cometeré una vez más la vieja injusticia: ignorar a tanta gente que trabaja detrás de escena. Son las reglas del juego. Pero ellos saben qué tan agradecidos estamos por lo que hacen. Alezzo, Chávez y todos ellos: se alinearon los planetas.



Nicolás Chiesa

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Сообщение koruskant » Вт мар 01, 2016 21:48

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Información de la película "EL PAMPERO"
Películas de Argentina, Brasil, Chile y Uruguay seleccionadas para Encuentros de Miami 2016
Cinco películas de Argentina, Brasil, Chile y Uruguay han sido seleccionadas para la decimotercera edición de Encuentros, el programa de la sección de industria del Festival de Cine de Miami (MIFF) que respalda anualmente la terminación de proyectos de largometrajes iberoamericanos en postproducción.
El cine argentino está representado con dos obras: “El pampero”, nuevo trabajo de Matías Luchessi (“Ciencias naturales”) producido por Tarea Fina; y “Nadie nos mira”, de Julia Solomonoff (“El último verano de la Boyita”, “Hermanas”) que cuenta con la producción de Cepa Audiovisual.
Representantes de las cinco películas participarán en distintos talleres y tendrán oportunidad de presentar sus proyectos a un grupo de profesionales presentes en el MIFF. Además, competirán por un primer premio de 10.000 dólares en efectivo para completar su financiación que será otorgado por un jurado integrado por los agentes de ventas Alfredo Calvino (Habanero Films) y Agathe Valentin (Pyramide International), y el director español Agustí Villaronga.
La decimotercera edición de Miami Encuentros se celebrará los días 10 y 11 de marzo, en el marco del 33º MIFF.http://www.latamcinema.com/peliculas-de ... a-brasil-c…/
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La película "EL PAMPERO" interpretada por Julio Chávez se verá en el Miami Film Festival, los dias 10 y 11 de marzo, la película se encuentra en postproducción y se verá en la modalidad Work in progress.
Argentina: EL PAMPERO, directed by Matias Luchessi, produced by Tarea Fina. A terminally ill man trying to escape his destiny has his plans disrupted by a runaway woman. The work-in-progress will be presented by producer Juan Pablo Miller from Tarea Fina.http://miamifilmfestival.com/encuentros/

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Сообщение koruskant » Ср мар 23, 2016 10:48

Unipersonales. El escenario es sólo mío

Hay más de doce en cartel

Las obras con una sola persona en escena son una tendencia. Costos bajos, posibilidad de recorrer el país y desafío artístico.

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El vértigo de salir solo al escenario está en pleno auge. Desde desafíos creativos hasta cuestiones presupuestarias hacen que el unipersonal sea una de las variantes que más resaltan en la cartelera teatral porteña de estos días. Desde figuras como Julio Chávez hasta artistas del off pasando por caras más populares como la de Campi (que reestrena su clásico en el Multiteatro) e incluso artistas europeos haciendo lo propio (Ver de Italia y España) comparten la adrenalina de enfrentar al público sin la red contenedora que significa formar parte de un elenco.
“Pasar por la experiencia de un unipersonal tiene un disfrute particular”, dice Julio Chávez que hace Yo soy mi propia mujer (en La Plaza). “Nos contacta con las figuras del juglar y el trovador. Y el espectador está más obligado que nunca a cooperar con lo que pasa en el escenario”, dice el actor que reestrenó esta pieza dirigida por Agustín Alezzo luego de 9 años.”Por eso, el aplauso final tiene una emoción distintiva. Uno siente que el espectador se celebra a sí mismo también por haber cooperado en la comunión del actor consigo mismo”.
En el repaso de las obras hay de todo: actores y actrices en dramas, comedias, historias propias y ajenas; clásicas y contemporáneas.
El caso de Osqui Guzmán reúne un poco de todo eso. El actor hace El Bululú, antología endiablada (Timbre4), un material que lleva representando desde más de 20 años y que heredó de su autor original, José María Vilches. “Justamente, el bululú es un personaje del Siglo de Oro español, un actor solitario que iba de pueblo en pueblo representando todos los personajes de su repertorio”, cuenta Guzmán.
Esa memoria teatral primitiva evidentemente tiene un atractivo especial para quienes transitan el teatro. La versión de Guzmán conserva los textos originales y le suma material de la herencia latinoamericana de Osqui. “Desde que conocí el texto, nunca más me lo olvidé, lo guardé como un tesoro en mi cabeza”, asegura.
Mariano Mazzei que está haciendo el segundo unipersonal del año con Sola no eres nadie, (dirige Ana Alvarado en La Carpintería sobre alguien que intenta encajar en el mundo sin resignar su esencia) estar sin compañía y con una obra a cuestas es un desafío como herramienta de trabajo. “Uno descubre un universo propio, uno se las tiene que rebuscar, junto con el director, para no perderte en escena. Y además, la interacción con el público es mucho más intensa”, dice. El actor, que ya estuvo en la piel de Jesucristo en otra obra en solitario reestrenó además este año Quien lo probó lo sabe otro premiado unipersonal de Mariano Moro que ya lleva diez años representándose, sobre la vida y obra de Lope de Vega.
Ese riesgo parece formar parte del encanto. Así lo entiende Jorgelina Aruzzi quien acaba de estrenar Carmen en la cruz (en La Gloria Espacio Teatral). “Hay cierta adrenalina en el hecho de estar sola en escena. Cuando compartís con otros actores, descansás un poco en los demás. En soledad, ganás en libertad”, asegura la actriz. “En mi caso, además, significa la posibilidad de explorar otras facetas mías como las de escribir y dirigir”, dice, también a cargo de la dirección esta vez. En esta obra cuenta la historia de una mujer que debe responder una encuesta de parte de un “neuromarketer”. “Uno siente que si se quema, se quema solo, Y lo disfruto mucho porque, además puedo llevar mi espectáculo a todas partes”. Los riesgos que cita Aruzzi los comparten todos sus colegas. “Cuando estás solo en escena se notan más todos los trucos. No podés descuidarte”, asegura Chávez.
Pero la practicidad de ir con la obra a cuestas es otra de las claves. El artista, como juglar moderno, se lleva a sí mismo donde quiera que vaya a desplegar su trabajo. Así lo entienden también Elonora Wexler quien se aparta de sus roles televisivos para hacer La maldecida de Fedra, una versión lírica del clásico de Racine, realizada por Patricia Suárez y dirigida por Marcelo Moncarz (en Hasta Trilce). Lo mismo ocurre con Pablo Palavecino que se pone en la piel del recordado Batato Barea, cuando aún era un personaje conocido con la obra Walter hecho pedazos (Camarín de las musas), dirigida por Gabriel Wolf.
Y hay más. Una figura como Gerardo Romano hace lo suyo con la premiada Un judío común y corriente, dirigido por Manuel González Gil (en el Chacarerean), donde se pone de manifiesto el conflicto que debe resolver un judío alemán cuando recibe la invitación de un profesor de una escuela secundaria, cuyos alumnos, luego de estudiar el nazismo quieren conocer a un judío.
Una actriz, con vasta experiencia en unipersonales es María Merlino. Después de otros dos junto a la dupla de Diego Lerman como director, ahora presenta ¿Cómo vuelvo? (en Santos 4040), las memorias de una maestra rural, basado en cuentos de Hebe Uhart.

Otra actriz acostumbrada a la soledad en escena es Ana María Bovo que ahora regresa (al mismo teatro que Merlino) con Así da gusto, una reposición de su propia autoría y dirección en la que el personaje es una vestidora teatral del mítico teatro Maipo, que conoce como nadie el oficio de vestir y desvestir a famosos.

Alejandro Schiapacasse también es de los que se animan al vértigo de la soledad en escena con una obra escrita por él y dirigida por Ignacio Ansa (en Teatro del Abasto), 2da.Princesa en la desde el punto de vista de un pescador se abordan temas como la justicia por mano propia, la amistad, la violencia de género y el amor abnegado.

La relación sentimental entre Franz Kafka y Felice Bauer, relatada a través de sus cartas es lo que cuenta Andrea Villamayor en Felice, dirigida por Hugo Ramos (Auditorio Losada). Y la que se anima a un texto de Griselda Gambaro basado en un cuento de Anton Chejov es Georgina Rey, que hace Mi querida (En La Comedia). En la misma sala, Carmen Mesa, dirigida por Gina Piccirilli presenta Yo me lo guiso, yo me lo como. En El Camarín de las musas, Valeria Giorcelli hace Mis cosas preferidas dirigida por Macarena García Lenzi. Y María Nydia Ursi-Ducó hace Un hombre sin suerte, dirigida por Osmar Núñez sobre un cuento de Samantha Schweblin (ElKafka).

Julio Chávez sintetiza lo que sobrevuela este fenómeno: “Somos como un integrante de la tribu que se aparta por un momento para relatarle una historia al resto”.

De italia y España a Buenos Aires

El teatro no tiene fronteras y el unipersonal, mucho menos. En Timbre4, dos actores europeos presentan sus obras, ambas de autoría propia.

El italiano Giampaolo Samá se animó, nada menos que a una versión teatral de la Divina Comedia. A partir de una adaptación que realizó él mismo del clásico de la literatura universal, surgió El viaje, una comedia poco divina. Samá codirige su unipersonal junto a Miriam Odorico. En la obra, aparecen, siempre bajo la máscara del actor (al que únicamente acompaña una marioneta), varios de los emblemáticos pasajes de la obra de Dante Alighieri.

El riesgo es tremendo y en su caso, además, se suma el hecho de hacerlo en un idioma que no es el natal. Por eso, Samá, confió en la mirada de Odorico (actriz de vasta experiencia) para darle forma final a su criatura teatral.

En junio, la llevará esta vez sí en su idioma original, al Festival “l teatro nudo di Teresa Pomodoro” en Milán donde fue seleccionada para participar. “Es un orgullo extra: porque se trata de mi obra y de mi tierra”, dice.

Por su parte, desde España, aterrizó en la misma sala, José Antonio Lucia con su obra Alacrán o la ceremonia, dirigida por Román Podolsky. En este caso, en escena aparecen el submundo de las tabernas, la imaginería gitana y el cante flamenco enhebrando un triángulo amoroso entre tres personajes canallas y entrañables: el cantaor Alacrán, una bailaora, La Cangrejo y un mago, Paquito El Santo. Todos ellos y varios personajes más son interpretados por Lucia.

“El mayor riesgo de estar solo en escena es perder el ritmo”, dice el actor español quien también escribió el texto. “Pero hay que confiar en la intuición y disfrutar de esa satisfacción extra que impone compartir la liturgia de actuar únicamente con el público porque en el unipersonal todo se amplifica y es mayor el ida y vuelta”, asegura. El temor a olvidarse la letra o a concentrarse por demás en la técnica por no tener el apoyo de otros actores, se diluye antes de entrar a escena. “La concentración en ese momento es más intensa; uno tiene el deseo y la necesidad de apoyarse en lo positivo. Es como un torero que en lugar de tener un diálogo con la muerte, lo tiene con la vida”.

Lo que se viene, Mercedes Morán

La que también se animará​ por primera vez al género es Mercedes Morán quien está escribiendo su primer unipersonal. Dirigida por Claudio Tolcachir estrenará en junio.
http://www.clarin.com/extrashow/teatro/ ... m=Autofeed

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Сообщение koruskant » Вс июн 05, 2016 22:46

Julio Chávez: "A los 18 años me echaron de un programa de TV por mal actor"

“Juré volver y tardé casi 30 años”, ironiza el talentoso intérprete que en esta charla con Infobae se muestra, pese a todo, vulnerable a las críticas
Puede saludarme toda una tribuna de pie, pero si veo uno que se sentó y me mira sin aplaudir me destroza el alma", admite Julio Chávez, a quien el prestigio –por su carrera teatral- le llegó hace mucho, pero no así la popularidad, que fue más tardía en su vida; que llegó "en un momento en el cual –dice– perder la cabeza por ello sería casi un acto de vejez precoz". "Siempre estoy en la situación del aprendizaje", declara, demostrando que efectivamente la fama no lo ha mareado.

— ¿El arte te encontró a vos o vos lo encontraste?

— No, al arte poco le importa que yo exista. Yo soy el que fue en busca de y me metí en ese espacio que le fue dado a cualquiera, pero en el que hay que meterse. Si el arte tuvo una acción en relación a mí es de rescate en todo caso.

— ¿De qué te salvó?

— En principio de que mi existencia estuviese sin lenguaje. Me la veía muy difícil con el lenguaje social, poder articular en eso; es una idea que tengo tal vez para justificar mi existencia. Si no era por la ruta esa no me imagino. También sé que no es así, que hubiera podido ser ingeniero agrónomo.

— ¿Y cómo te llevaste con la fama que te trajo la incursión en el arte?

— Soy un poco de una popularidad tardía. Yo diría "a la vejez, popularidad" en vez de "viruela", porque soy un actor que ha estado y desaparecido, estado y desaparecido, muchas veces. Eso hizo que adquiera un poco más de popularidad, de lo que se llama fama, si es que la tengo, en estos últimos 10 años. Tengo muchos momentos en los que fui lentamente estableciendo un vínculo con espectadores de diferentes lugares, pero popularmente te diría que mucho a través de los cuatro programas que he hecho en estos últimos diez años. Me agarró en un momento en el que perder la cabeza sería casi un acto de vejez precoz.

— ¿Era un desafío llevar a la tele la calidad que uno ve en tus personajes del teatro?

— Fue un enorme regalo para mi oficio. Lejos de sentirlo disminuido en el espacio de la televisión, que a veces puede suceder o se puede escuchar eso, he sentido que le ha dado a mi actor muchísimas herramientas y espacio para que pudiese desplegar puntos de vista, oficio y el pensamiento de lo que son las elecciones en las escenas, las elecciones en los personajes. He hecho máster en la televisión, he hecho grandes aprendizajes. Eso era inesperado para mí, pero por otro lado tengo con la televisión una historia muy particular. Lo primero que hice fue una película y a los pocos meses, tenía 18 años, me llamaron para hacer el primer programa de televisión y realmente no daba pie con bola, era un actor con muchos problemas. El máximo problema que tenía era que era un inadaptado, porque no estaba dispuesto a aprender el oficio que se me quería enseñar en ese momento en la televisión. Tenía la pretensión de aplicar lo que creía que había aprendido, con 18 años, un imberbe insolente que no había entendido todavía nada, pero que creía no sé qué cosa, y traté de aplicar ciertos conocimientos que me salieron como el reverendo culo, y me echaron del programa por mal actor. Yo juré que iba a volver, porque estaba de acuerdo con lo que ellos me decían, sabía que no estaba pudiendo resolver los problemas. Juré volver y me tardé casi 30 años.

— ¡Qué impensado me resulta que puedan haber echado a Julio Chávez de algún lugar por mal actor!

— Pero por supuesto. He expresado de una manera muy clara mis límites actorales, yo lo sé muy bien. Pero también he aprendido algo que es que no se puede siempre aprender y estar bien al mismo tiempo. A veces hay que aprender. Para mí la palabra aprender es un bien deseado y no un mal necesario. Yo no entendí nunca el aprendizaje como un mal necesario para otra cosa, siempre lo entendí como un bien deseado en sí mismo. Así que para mí el aprender y el vínculo con los maestros siempre fue algo muy importante, hasta hoy. Estoy entrenándome por un proyecto que haré el año que viene si Dios quiere, que realmente requiere que en este momento de mi vida tenga que casi volver al colegio a aprender una disciplina impensada para mí.

— ¿Se puede saber?

— Tiene que ver con una actividad física que es como para que la haga una persona que se inicia en ella a los 15 años. Me sonrío de mí mismo porque por algún motivo u otro siempre estoy en la situación del aprendizaje.

— ¿Volverías a hacer una tira?

— Sí. Si es algo que me guste contar y las circunstancias o la situación me parezca buena para mí, para lo que hay que hacer, sí, por supuesto que sí.

— ¿Qué preferís que digan de vos tus compañeros de trabajo, que sos talentoso o que sos un buen tipo? ¿Qué marca preferís dejar?

— Es una pregunta atractiva la que me hacés. A mí me importa mucho poder hacer mi oficio y poder desplegar mi punto de vista. Los puntos de vista en nuestro trabajo, a diferencia del trabajo de un autor o de un pintor, tienen que ser compartidos, y es muy difícil compartir puntos de vista. Te voy a responder con esta anécdota: salía de terapia y había dos chiquitos, de 7 años, uno le dice al otro: "¿Sabes lo que me gusta de la bandera de San Lorenzo?". Y el otro le dice: "No, boludo, sabés lo que pasa con la bandera de San Lorenzo"; y el que no empezó la charla, le terminó diciendo lo que a él le pasaba con la bandera de San Lorenzo. Yo me di vuelta para verle la cara a los chicos y el más chiquitito, que había iniciado y quería él hablar, lo miraba al más grande asintiéndole. Y yo decía: "Es el comienzo del fin", porque él renunció a decir lo que le pasaba a la bandera de San Lorenzo para ser invitado al próximo cumpleaños de su amigo, porque si se peleaban no lo iban a invitar. Entonces comprendí que a veces hay una especie de pulseada entre "me expreso" o "me invitan a los cumpleaños". A mí me encantaría que me inviten a los cumpleaños, pero si tuviese que elegir, elijo la expresión.

— ¿Qué te enoja?

— Que me ninguneen. Que me sobren en mi capacidad de entendimiento.

— ¿Te ha pasado?

— Sí. Lo que pasa es que tengo armamentos contra eso. Lo que más me preocupa no es que me lo hagan, es que sé que tiro con la bomba, con una bomba que a veces es absolutamente desproporcionada en relación al ninguneo. Porque yo no tengo ninguneos más fuertes o menos fuertes, no me ninguneen.

—¿Qué pasa con los personajes cuando se termina un proyecto?

— A mí personalmente poco, no soy de padecerlos ni de quedarme añorando. Hay un sólo personaje que me produce un enorme dolor pensando cuando se termine que soy yo mismo. Esa finitud es inentendible para mí. Pero la finitud de los roles que interpreto son casi deseados en un momento.

— ¿Siempre le tuviste miedo a la muerte o apareció en algún momento?

— Desde que me apiolé de que es un hecho inevitable sí. Cuando era muy, muy chiquitito, pensé que si eras bueno no te pasaba, pero después entendí que no tenía que ver con la bondad, entonces decidí ser bien malo como represalia (risas).

—¿ Qué crees que pasa después de la muerte?

— No lo sé y poco me importa, es tan hermoso lo que pasa antes que poco me importa saber qué pasa después.

— Recién hablabas de cómo se sienten a esta altura de la carrera las nuevas experiencias. ¿Qué pasa hoy antes de pisar un escenario?

— Incertidumbre. A mí la seguridad me parece que es una antesala del cementerio. Me gusta enormemente esa situación de incertidumbre, me entreno, llego dos horas y media antes, paso la obra en su totalidad, trabajo mi dicción. Cuando salgo a escena el último segundo me encomiendo a algo y digo: "Dame valor, ayuda por favor", porque finalmente no sé qué va a pasar y esa incertidumbre es la que me parece que hace que el hecho se mantenga vivo, la incertidumbre de no saber.

— ¿Sigue importando el aplauso final u hoy el reconocimiento ya está?

— Puede saludarme toda una tribuna de pie, pero si yo veo uno solo que se sentó en la platea, no se paró y me mira sin aplaudir me destroza el alma.

— ¿En serio?

— Absolutamente. En ese sentido sigo teniendo una enorme vulnerabilidad, subjetividad, dependencia. Me pueden dar el Oscar, pero si salgo al día siguiente y el portero de este edificio al lado de mi casa me dice: "Flojito el trabajo de la película, eh", me destroza. El Oscar se transforma en un pebete seco.

— ¿Te acordás de tu peor función?

— Sí, pero porque me dijeron que mi padre había muerto en medio de esa función, y eso fue un hecho muy increíble en mi vida porque había que seguir y fue una situación de difícil manejo.
— ¿Qué obra estabas haciendo cuando murió tu padre?

— Estaba haciendo Fausto, con Augusto Fernández, en el año 89. Yo era un actor joven, tenía 28 años. Participé de esa experiencia, que fue un enorme aprendizaje para mí. Augusto Fernández fue y es una figura muy importante en mi formación.

— ¿El éxito de las ficciones de afuera qué te genera?

— No es algo nuevo para mí. Es cíclico. He visto Sonia Braga en una telenovela en los años 80 y he visto como nuestros productos también tuvieron mucho éxito en el exterior. Sé que muchos de nuestros actores son figuras importantísimas en Rusia, en Italia, en Turquía. Entonces me parecería raro patalear contra eso. Entiendo que también es un mercado que se mueve así. También que debo estar muy atento a todo lo que contesto porque en los contratos uno cede el derecho de que eso sea vendido, entonces yo debería ocuparme de esa cláusula, levantarla o pelearla, levantar una acción en contra de este intercambio.

— Si pensamos en los políticos de la actualidad, más allá de lo ideológico, ¿quién te parece que sería un buen personaje para llevar al cine o al teatro?

— (Luis) Zamora.

— ¿Zamora?

— Sí, porque los otros tienen ya publicidad asegurada. Hay que agarrar a esos hombres que vienen de una ideología, que en esta contemporaneidad, cuando de pronto en Francia pasa lo que pasa, y los franceses están perdiendo lo que han logrado en términos de su izquierda tan poderosa y de golpe se retrocede a que cada empleador va a arreglar el salario con su empleado, eso es un retroceso, o un avance no sé hacia dónde, muy fuerte. Entonces mostrar cómo un político ve el mundo hoy me parece bien.

—Una vez dijiste: "Tengo casi 60 años, he vivido muchos momentos políticos y no es nuevo que un actor milite. No quiero que se crea que este es un momento inédito".

— No es algo inédito para mí. La primera película en la que participé, No toquen a la nena, se estrenó en el 76. De todos los actores, éramos dos los que habíamos quedado en el país, el resto estaban todos en España, no podían volver a pisar la Argentina. He visto teatros incendiados. He estado en el teatro Estrella la noche anterior a que se le haya puesto una bomba. No puedo darle la espalda a lo que he vivido, lo cual no implica que también se está viviendo, que nuevamente hay una toma de posición por parte de varios artistas en relación con lo político; pero más vale, está muy bien. Pero no puedo decir que no lo he visto. Ni tampoco construir una estatua de bronce.

— ¿Te has sentido tironeado para tomar posición?

— No, no me he sentido tironeado. Es una cuestión histórica en mí intentar mantenerme lo más autónomo posible dentro del espacio de pensamiento que he elegido que es el arte. En todo caso, a veces, en la mesa del arte he sentido que no está tan llena de comensales como uno desearía. Más que a una u otra vereda, pertenezco a un club que a veces digo que no está en la pelea. Está afuera. Y es en definitiva el que yo he elegido.

—¿Cómo ves la cultura hoy?

— Ya no sé muy bien a qué nos referimos. Es una palabra que sigue teniendo cierto prestigio pero no sé si tiene interés. Son esas palabras prestigiosas como honestidad, altruismo, nobleza, templanza; son palabras muy lindas, a las que uno dice "sí, claro". Pero son como esos elementos que uno sabe que son sanos, pero jamás se lo meto en la comida.

— De la coyuntura actual del país, ¿qué temas te interesan?

— Más que interesado tengo un deseo de serenidad y paciencia. Fueron y son muy fuertes los movimientos que se producen desde muchos puntos de vista. Son cachetadas o golpes que se reciben y no se pueden contestar rápidamente. Están pasando muchas cosas, algunas que dicen que van a hacer bien; si es así, es tan lo mal que se está que hay que esperar que eso realmente produzca bien …

— El segundo semestre.

— Exactamente. La cosa está mal, no es solucionable con las palabras. Si va a ser positivo, va a venir muy bien, porque hace falta, porque estamos doloridos. Por otro lado hay cosas que se han dicho que han hecho mucho daño; se dice que hay que demostrarlas y está muy bien. Si no son verdad, el golpe es muy fuerte y ya la calumnia es dolorosa.

— ¿De qué hablamos? ¿De denuncias de corrupción?

— De todo lo que se denuncia. Si hay algo ahí que es mentira, qué feo y qué fuerte. Y si hay algo que es verdad, qué desastre. Así que todo me implica algo que, señores, como sea, el enfermo está dolorido, hay llagas para donde lo muevan y entonces deseo la paciencia, la serenidad de la espera, y no en un semestre. Creo que es una espera. Siento que los daños son reales en muchos sentidos. No son interpretaciones.

— ¿Qué se viene que se pueda contar?

— El estreno de una película que se llama El pampero. Una gira con Yo soy mi propia mujer, en agosto y en septiembre. Estoy preparándome para un nuevo programa el año que viene, un unitario.

— Para el que estás entrenando.

— Sí, físicamente. Y tengo dos proyectos muy atractivos, uno para cine y otro para televisión, para el teatro; estoy en pleno proceso. Después, lo de siempre, mis clases, y tengo muchas ganas de volver a escribir un material para dirigirlo yo. Y nada, trabajar.

— Se viene muy pronto una exposición, 57", con los bocetos que hiciste en esa obra fantástica que fue Red ¿cómo lo estás viviendo?

— Estoy muy contento, el 9 de junio arranca la muestra, el 8 es la presentación. A veces me siento un poco anestesiado con el privilegio de poder hacer todo lo que hago y me digo a mí mismo que me gustaría mayor excitación de la que manifiesto, a veces no la tengo. Porque es un gran privilegio; primero, haber podido hacer Red, una obra para mí muy importante. Y segundo, pintar en el escenario, yo soy artista plástico, me sentí muy agraciado. Darme cuenta de que tenía 320 bocetos que había hecho todas las noches, uno por función, en 57 segundos, que cuando los desplegué me di cuenta de que se había liberado un poco de mi conciencia y había podido trabajar con una libertad que a veces no tengo.

— ¿Estos 57 que exponés los elegiste vos de esos 320?

— Sí, porque algunos para mi gusto no son para ser mostrados; tampoco es que abro la puerta de mí, no me es dada esa libertad. Selecciono. Seleccioné entre los que me gustan mucho y por los que me siento representado. Los muestro junto con 9 obras escultóricas. La galería Rubbers de nuevo me abre las puertas, así que me siento muy agradecido, muy dichoso.

— Si hablamos dentro de 5 años, y salió todo genial ¿Cómo te voy a encontrar?

— Me vas a encontrar más delgado…

— ¿Trabajando?

— Sí, sin lugar a dudas.

— ¿Siempre?

— Siempre. No encuentro mayor dicha en la vida que el trabajo.

Agradecimiento: Producción de vestuario Paula Balmayor. Maquillaje y Peinado: Romina Sala
http://www.infobae.com/sociedad/2016/06 ... mal-actor/

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Сообщение koruskant » Ср июн 22, 2016 15:27

Julio Chávez: “Mi teatro no es para todos”

Presentó su último trabajo artístico, que expone en la Galería Rubbers. Además interpreta a una travesti alemana en un unipersonal. Los alumnos, el ego y la situación de los teatros porteños.
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Actor, autor y director de teatro argentino. Artista plástico y mentor de toda una generación de artistas que hoy pueblan el plató nacional y popular. Julio Chávez no para un segundo, por eso mientras expone sus obras de arte, presenta su último libro y sube a escena en el Paseo La Plaza para ejecutar el unipersonal que le ha dado muchas alegrías: Yo soy mi propia mujer.

La primera vez que Chávez se puso en los zapatos de la polémica travesti Charlotte von Mahlsdorf –sobreviviente del nazismo y el comunismo– fue hace poco menos de una década, y la osadía le valió varios de los premios más importantes de la escena vernácula. “Después de eso tuve la suerte de hacer una seguidilla de trabajos en televisión y de expandirme mucho en ese aspecto, que no lo tenía muy recorrido”, cuenta el actor sobre sus otros éxitos: Tratame bien, El puntero, Farsantes, Signos. “Después de grabar Signos, pensé que había toda una generación de personitas que no me conoce más que por lo que he hecho en televisión, y decidí que era necesario darles la posibilidad de acercarse al teatro”.
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–No parece una obra muy comercial, ¿no te preocupa el salto estilístico para tus seguidores televisivos?
–Es una apuesta, un viaje. Yo hago un teatro que es convocante y al mismo tiempo repelente. Son materiales muy atractivos pero que te piden que prestes atención. Te invitan a entrar en una estética diferente. Puede ser que el que viene a verme porque me vio en la tele, encuentre un lenguaje que le gusta o que no le interese. Mi teatro es para cualquiera, pero no es para todos. No creo que nada sea para todos.

–El protagonista queda en medio de un debate ético sobre los claroscuros de Charlotte. ¿Enfrentás este tipo de juicios al encarar el personaje?
–Hay un momento que para mí es muy importante, en que el autor habla sobre una foto que Charlotte le manda; allí es niña aún y está entre dos leones. Ella le cuenta que no quiere posar, y que los leones tampoco quieren hacerlo y que miraban con peligrosidad. Encuentro en esa frase algo representativo del ser humano: cuidado con nosotros, somos bravos.

–¿Somos imposibles?
–Creo que el ser humano es inasible. Uno puede tener toda la información, todo lo que se te ocurra sobre otro, pero aun así todos tenemos un enigma. De manera que cualquiera puede hacer, para sobrevivir, cosas que ni se imagina que haría.

–¿Cómo se sobrevive a ser “el maestro” de toda una generación de actores que hoy son parte de la renovación actoral?
–No lo sé, creo que a la hora de compartir el trabajo con esos colegas soy como un animal. Cuando tienen que cobijar y cuidar a sus cachorros, lo hacen, pero en el momento en que esa cría sale al mundo, no se reconocen. Yo me siento un colaborador, no un maestro, pero sé que en el momento en que me reencuentre con ellos en un trabajo me saldrá el león: si mis alumnos quieren la corona, tienen que pelearla.

–Qué miedo…
–Pasa que tengo muy vital la responsabilidad respecto de mi expresión. No creo que tenga una expresión a punto de jubilarme. Mi actor está en presente continuo. En ese sentido, me siento un alumno más que un maestro.
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–¿Sos un tipo competitivo?
–No me voy a hacer el boludo, a mí me gusta ganar. Cuando estoy en la tele pregunto por el rating, me preocupa, quiero ganarles a los que están en otro canal, ¿por qué te voy a mentir? Este es mi trabajo y yo quiero ganar.

–¿Hay más divos en el universo del arte plástico o en el actoral?
–(Risas) Suelen hablar mucho sobre los actores, ¡no sabés lo que es el mundo de la pintura! El mundo de la pintura es brutal, los actores al lado de los pintores somos bebés de pecho. Son gente brava.

“En el año 2014 tuve la suerte de interpretar a Marc Rothko, en Red. En el tercer acto me sentaba en el sillón y hacía un boceto con crayones sobre papel en el tiempo en que me permitía la escena: 57 segundos. Un intenso encuentro con mi pintor. De ahí la idea: “57 bocetos hechos cada uno en 57 segundos rescatados entre todos los producidos en cada una de las 320 funciones que hicimos”, así lo pensé, así lo expongo, al lado de mis construcciones escultóricas”, explica el actor sobre “57”, la muestra que por estos días expone en Galería Rubbers.

–¿Comprendías que lo que hacías en escena podía terminar exponiéndose?
–Para nada, mi pintor estaba un minuto haciendo algo que lo sacaba un poco de estar en la escena. Mi pintor aprovechaba y decía “mientras él trabaja como actor, yo pinto”. Preferí no hacerlo en simultáneo con aquella obra porque me parecía pretencioso, pero cuando lo bajé de la escena, me pareció que tenía que usar ese material. Estoy en el momento de hacerlo, con la templanza y el buen humor de poder hacerlo.

–¿También lo es para presentar Madame Pipi, tu cuarto libro?
–La vida es corta, pero no tanto (risas). Y como verás en 57 segundos uno también puede producir una expresión. Madame Pipi es mi cuarto libro, el primero surgió hace casi veinte años en algo que todavía no era tan frecuente como ser mi propio editor.

–¿Eran tus tiempos de autogestión?
–Uno de los problemas que tenemos a veces es que necesitamos legitimaciones, y en muchos casos la legitimación tarda y no es necesaria. Uno tiene que legitimar su propio trabajo. Entonces yo edité ese material, y después vinieron tres más. Con este libro me invitaron a hacer una presentación formal en la Feria del Libro y la verdad preferí no hacerlo.

–¿Por qué?
–Porque prefiero que tomen contacto directo con el libro. Por mi condición de autor, tanto la autoría como la pintura no son valoradas por lo que son, sino por mi alto perfil. Yo no soy una voz anónima ni autónoma de mi otra ocupación y si no me corro, probablemente sea difícil que lo que hago llegue. En la inauguración de esta exposición había muchas cámaras y estoy agradecido por eso, pero pensaba: “No le estoy haciendo bien a la obra”.

–¿Renegás del reconocimiento público?
–No, de hecho soy agradecido por eso, pero lo que noto es que siempre que aparece la legitimación, hay una parte de lo que hago que no puede ser vista como es. Lo que pasa es que aunque me plantee estrategias, tarde o temprano las cosas pasan. Tengo un amor muy grande por mi ocupación.

–¿Con cuál de todas?
–(Risas) Con todas. Soy un enamorado de la familia del arte, como el perro que está enamorado de la mano que le da de comer. Para mí el arte es cobijo, alimento, ubicación, identidad. También me da problemas, soy un esclavo enamorado, pero a la vez soy un tipo muy vulnerable.

–¿Te psicoanalizás?
–Sí, claro, voy a un lugar a pensar. Aunque para mí la identidad no es algo fijo.

–Pregunto por lo de domesticar el ego…
–Es que el problema no es el ego, es lo que uno le da de comer. El ego es un animal que come lo que le das de comer y te va a reclamar depende de lo que le des. No me preocupa asumirlo: ¡yo tengo ego y me ocupo de alimentarlo bien!

–¿Cómo vivís la situación de muchos teatros con los aumentos de tarifas?
–He vivido muchos momentos difíciles del país. A mí no me preocupa que aumenten la luz, pero sí que haya un plan para que los que no pueden pagarlo no queden afuera. Entiendo que hay un reacomodamiento que espero que verdaderamente tenga una estrategia sólida. No lo sé.
http://www.veintitres.com.ar/article/de ... para-todos

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Сообщение koruskant » Ср июн 29, 2016 15:44

Julio Chávez, la legitimación del multiartista exitoso

Exhibe –junto a esculturas– 57 acuarelas que pintó en las funciones de su obra “Red”.
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“Exponerse siempre es un riesgo –afirma Julio Chávez– porque se incluye en el vínculo con tu obra la mirada del mundo”. Algo similar decía en Red (2014), la obra de teatro en la que interpretaba al pintor Mark Rothko una vez que terminaba de ubicar los colores sobre el papel: “Es un riesgo enviarlas al mundo”. Así y todo, ahí están: 57 bocetos de colores y formas diversas –una selección de los que pintó en las 320 funciones arriba del escenario– alineados en las paredes de la Galería Rubbers (Av. Alvear 1595), que se podrán ver hasta el 19 de julio como parte de la muestra 57”, junto a sus esculturas.

Chávez es más conocido como actor (de cine, teatro y televisión), pero también es artista plástico, dramaturgo, director de teatro, docente y astrólogo. Y así como 57” se trata de una experiencia de cruce entre esos mundos, lo es también el libro que acaba de publicar: Madame Pipí y otras obras breves (Proyecto Larsen), escritas entre diez y veinte años atrás, cuya imagen de tapa es justamente una acuarela suya, al igual que su escritura, de trazos breves y certeros. Un compendio de naturalezas inesperadas en situaciones imprevistas que construyen un tipo de humor que le es muy propio: el absurdo.

–¿Cómo fue el proceso de escritura de estos materiales?

–El actor es una figura protagónica cuando yo estoy escribiendo un material. Me gusta percibir algo que en general en su vida social no expresa pero que yo siento que es parte de él y construir una escena con la escena que no tiene lugar en la vida. A mí me gusta mucho la astrología, y con ella me di cuenta de que hay muchos aspectos de nuestra naturaleza que están en la sombra pero que juegan un rol.

–Hay en este libro una obra, “Quemen a la bruja”, que ironiza un poco sobre el lugar común del astrólogo. Vos estudiaste astrología ...

–Sí y abandoné el estudio porque no me interesa lo que a la gente le interesa de la astrología. No tenía ganas de hacer cartas, ver el futuro; a mí me interesa el juego que hacen las energías y cómo construyen de una manera u otra, con una inmensidad de posibilidades, su escena en la tierra. Un poco como los dioses griegos: les importa una mierda si sos o no feliz, lo que les importa es manifestarse.

–Como hace el dramaturgo con sus personajes ...

–Y de alguna forma sí. Jugás a que estás armando una ruta, un tránsito de ciertos hombres en determinadas situaciones que construyen ciertos asuntos. Para un hombre de teatro es un regalo la astrología, porque habla de cómo las energías escriben en la Tierra, qué obra de teatro escriben. Y yo elijo partir de lo absurdo para apostar a que finalmente voy a llegar a construir mi pequeño mundo alocado que me ayuda a comunicar una impresión que tengo de lo que somos.

–Esas situaciones se construyen en las obras, sobre todo, a partir de juegos de lenguaje, cierta extrañeza en el uso de las palabras.

–Sí, yo no elijo personas que pertenezcan a un mundo específico sino que les construyo un lenguaje con las sobras que hay. Las personas mezclan cosas, hablan con sobras que han escuchado de cómo se habla. Con el lenguaje hacemos escenas extraordinarias que comunican no sólo lo que queremos decir sino muchas cosas más. El lenguaje nos hace grandes o nos pretende hacer grandes aunque seamos ínfimos. Entre los seres humanos, todo arma algo, todo cuenta algo.

–Somos pura construcción.

–Totalmente. Yo creo que la identidad es lo que creemos que somos más todo lo que tenemos pegado que no nos damos cuenta. Cuando vamos por la vida, las cosas nos van atravesando. Nosotros creemos que tenemos una identidad y que eso es algo propio, pero no somos dueños de nada. En todo caso, arrendamos cosas por un tiempito.

–Hablemos de vos. Con Hirsch solías firmar como plástico y usabas Chávez para el teatro. En esta muestra firmás con tus dos apellidos: Julio Hirsch Chávez. ¿Qué construcción identitaria de artista hay ahí?

–Creo que mi obra como artista pictórico, si fuera de Juan Pérez, llegaría más fácil que siendo mía: a veces la identidad del artista no le hace bien a su propia obra. Me siento mucho más legitimado como actor que como pintor. Produce a veces confusión: pintás o actuás. Veo que algunos pintores se sorprenden y me dicen: “Ah, pero pintás”. O sea, pintás en serio. Hoy por hoy lo tengo asimilado; igual que pasa con el apellido, ya no lo escindo. Lo único cierto es que cuando tomo contacto con la plástica, advierto que hay un vínculo con la labor que no necesita ser legitimado. Se legitima de una manera autónoma. Y, en definitiva, la legitimidad es un problema que le acontece a todo el mundo.
http://www.clarin.com/cultura/Julio-Cha ... 39799.html

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Сообщение koruskant » Сб июл 09, 2016 21:23

“Tengo una relación casi adictiva con el mostrar”
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Actor, docente y dramaturgo, Julio Chávez también tiene una carrera de tres décadas como pintor, que muchos recién están descubriendo. La relación entre artes plásticas y teatro y la necesidad de aprobación.”Sigo siendo alguien que hace los deberes para seguir seduciendo a la maestra”.

Julio Chávez es Julio Hirsch Chávez cuando pinta. El actor decidió incorporar su apellido real a la firma de sus cuadros. Quizá como una forma de volver a ser aquel pibe que comenzó a pintar a los 20 años antes de ponerse un nombre artístico.

El actor, docente y dramaturgo lleva más de 30 años dedicado a la pintura. Acaba de inaugurar la muestra 57” en la Galería Rubbers, con esculturas y bocetos que hizo durante las funciones de la obra Red.

En esta charla exclusiva con TodoTeatro, habla del cruce entre teatro y pintura dice que tiene más dotes para las artes plásticas que para la actuación. Compara un trazo con una escena. Habla de pintar como la pulsión más básica de vida. Y de lo difícil que es construir una carrera de pintor con una personalidad como la suya, “que no soy precisamente Juanito Relaciones Públicas”.

“No hago diferencia entre mi trabajo actoral y pictórico… Pero los pintores son más severos a la hora de legitimar mi trabajo”.

¿Por qué incorporás tu apellido real (Hirsch) a la faceta de pintor?
Son cuestiones que no tienen ningún tipo de simbología. A los 16 años, cuando empecé a estudiar teatro, se usaba lo de cambiarse el apellido. Era un patrimonio y un gusto. Eso y el carnet de actores eran el querer ser. Como pintor, me parece confuso y contradictorio utilizar el Chávez porque no es una práctica frecuente el cambio de nombre en ese mundo. En definitiva, es la expresión de una suerte de conflictividad entre los dos mundos. Si no me hubiese cambiado el apellido de pintor a actor, las aguas se hubiesen dividido de alguna manera. No hago diferencia entre mi trabajo actoral y pictórico.

Quizá haya gente que sí la hace…
Los actores menos que los pintores. Un actor vive con más relajación, ingenuidad o gusto el hecho de que un colega también pinte. Pero los pintores son más severos a la hora de legitimar mi trabajo. A todo eso sumale una cuestión de mi personalidad. Yo no soy Juancito Relaciones Públicas. Hay gente que sí lo es y de una manera orgánica. Gente que tiene el Facebook libre. Es un atributo que yo no tengo.

El teatro es, inevitablemente, un hecho social. Una obra de teatro no existe sin la presencia de un espectador. Algo que no sucede con la pintura. ¿Cómo te llevás con esa soledad en el estudio?
Cuando trabajo en la pintura nunca me siento solo porque hay muchas vocecitas alrededor. Está muy presente el otro; no el gusto del otro, sino su mirada. Es cierto que el trabajo de la pintura es solitario y silencioso, aunque lo que vos estás construyendo tiene sonido. ¿Sabés lo que pasa? Me gusta la soledad. La soledad que surge de un silencio exterior, pero con un sonido interior fuerte. Estás en diálogo con vos y con la obra. Es casi un hecho existencialista. Pintar te pone en contacto de una manera fuerte con la pulsión de vida. Es muy vital el hecho de pintar; fijate que es lo primero que hacen muchos chicos.

En la muestra, hay varios bocetos que hiciste durante las funciones de “Red”. Es evidente que ésa fue la obra en la que estuvo más presente el Julio pintor. ¿De qué forma contribuyó tu formación pictórica a otros trabajos como actor?
Las artes plásticas me ayudaron a organizarme y a tener un lenguaje. Vos podés tener un lenguaje pictórico y aplicarlo a una escena. Podés hablar de valores, de tamaños, de mil cosas. Por ejemplo, en una escena, si vos disminuís el volumen, probablemente se va a escuchar mucho más lo que decís. En la pintura, poner más color no significa que eso se verá más. La pintura también tiene tiempo; viendo un cuadro podés entender si un trazo se hizo demasiado corto o largo. La pausa teatral es como un trazo. Esas son alguna de las analogías concientes. Después habrá muchas otras en las que no reparo. Las dos actividades te forjan la templanza, el tiempo, la espera y el saber soportar el error.

Y las dos tienen un alto nivel de exposición…
Exactamente. Hacer una muestra de pintura es un riesgo. A partir de ese momento, tu obra tendrá otro valor diferente al que tenía. Será así para bien o para mal.

En una entrevista dijiste que tenés más dotes para la plástica que para la actuación. ¿Lo pensás realmente?
Sí, lo que pasa es que me desarrollé más socialmente como actor que como pintor.

¿Ese desarrollo social es tan importante como el oficio en sí?
Para mí sí. Soy un ser que necesita ser legitimado. Me importa lo que dicen los otros. No soy de los que dicen: “Yo pinto para mí”. Además, tengo una relación casi adictiva con el mostrar. En algún sentido, sigo siendo alguien que hace los deberes porque quiere seguir seduciendo a la maestra.

¿A esta edad, Julio?
A esta edad -se ríe. Eso está inalterable.

Hablaste de la importancia de ser legitimado. ¿Te molesta el mote del actor que pinta y no alguien que se dedica a la pintura y a la actuación?
No me molesta porque no frenó mi accionar. Pero una cosa es que no te frene y otra distinta que no te importe. A mí me importa. No soy alguien que va a las galerías a ver muestras de otros para aprovechar e invitarlos a mi muestra. No tengo ese don. Nadie va a ir a legitimar tu obra si vos no hacés lo mismo con la suya. Uno ocupa un espacio en el medio y puedo entender que eso produzca una tensión. Si fuese Juan Pirulo, la obra se dejaría ver sola. Pero no lo soy. Y estas son mis circunstancias.
http://todoteatro.com.ar/tengo-una-rela ... l-mostrar/

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Сообщение koruskant » Пт авг 26, 2016 14:46

Julio Hirsch Chávez: “No es tan fácil escaparse de uno mismo”

Es actor, director, autor, pintor, maestro de intérpretes. Polifacético, puede interpretar tanto a un artista extravagante y mal humorado o bocetar dibujos en una obra de teatro para luego exponerlos en una galería. Entonces, ¿es un actor que pinta o un pintor que actúa?

Al principio, parece extraño verlo caminando entre las obras de 57”, su reciente exposición como artista plástico. El escenario de la Galería Rubbers le queda como descontextualizado, lejos de lo que se supone su ámbito natural: la actuación. Sin embargo, Julio Hirsch Chávez se mueve cómodo entre los dibujos y las pequeñas esculturas que llevan estampadas sus iniciales como una marca de pertenencia. Un reaseguro de su autoría.

Luego de 36 años de convivencia, Hirsch Chávez define a la pintura como un lenguaje en el que está “metido”, en el sentido más absoluto de la palabra. “La pintura es un espacio donde, de alguna manera, se imprime lo que entiendo que es mi existencia. Es una vida, un lugar de pensamiento, de ocupación constante, de reflexión, obviamente de expresión, de investigación, de descanso y de trabajo. Para mí, esas palabras no conllevan una especie de pelea o tensión: el trabajo es una zona de descanso también, importantísima. Entonces, la pintura es un hacer y un quehacer que me espera, que me obliga, que me enseña, que me pide, que me da, que me estimula y que me hace desplegarme a mí mismo en mi identidad, que es una de las maravillas del arte. Y comprueba, para mí, que la identidad no es algo fijo sino un devenir que se va desplegando, como un viaje que no va solamente por una montaña, sino también por mesetas. Entonces, la pintura es otro espacio en el cual también mi identidad va deviniendo, se va desarrollando, a través de problemas, de certezas, de encuentros, de repeticiones, de zonas muertas y otras vivas”.
No hay mejor testigo de ese devenir que su propio nombre. El 14 de julio de 1956 nació Julio Hirsch (Cáncer con ascendente en Leo) pero, a los 19 años, aceptó adoptar una variante artística por miedo a que su apellido fuera un obstáculo fonético en su incipiente carrera de actor. Finalmente recaló en Chávez, una adaptación del materno Jabes. En tanto, Julio Hirsch, el artista plástico, iba por un camino paralelo hasta que, finalmente, dos años atrás, los nombres se cruzaron en Julio Hirsch Chávez o J.H.C., la firma que aparece al borde de sus cuadros. “La verdad, ya muy poco me importa a esta altura del partido. Me podría llamar Juan Gutiérrez. Más todavía: ese cambio permitiría que mi obra fuera vista con una cierta mirada de desconocimiento y así podría hablar de mí, más que de mi nombre. A veces, la identidad del artista daña el mismo hecho que él produce, porque el espectador se acerca ya con un plus, con una opinión. Está muy bueno, de golpe, mostrar una obra y que el espectador, como no sabe quién es Jacinto Gómez –si hay algún Jacinto Gómez leyendo, que me disculpe–, se acerca a la obra y el único dato que tiene para conocer a Jacinto Gómez es su trabajo. Esa es la dicha del anonimato”. Mientras habla, no deja de jugar con una lapicera, un contraste con su tono sereno y la economía de gestos faciales.

“En la pintura he transitado por muchísimos lenguajes y te diría que no he establecido, todavía, identidad fija con ninguno... Voy saltando y atravesando. Y eso también es parte de una característica de mi hacer que no está buscada ni está sostenida por una filosofía. Será que tengo Acuario sobre mi ascendente Leo –los años estudiando astrología traslucen enseguida– que, justamente, no le va a permitir a ese leonino fijar identidad de una manera muy estricta porque Acuario te la vuela, te la cambia, te la electrocuta”. Definitivamente, Hirsch Chávez no le escapa a esa mística del azar: “Como decían los griegos, el misterio se protege a sí mismo, no te es dado conocerlo... En la obra Yo soy mi propia mujer, el personaje del autor dice, al final: ‘Era un enigma. ¿Y cómo se puede retratar un enigma?’. En el mismo momento en que lo retratás, deja de serlo. En ese sentido, los seres humanos somos un enigma que pretendemos aclarar”.

Luces y sombras

El devenir (o, mejor dicho, las idas y vueltas, los tira y afloje) es un factor esencial en su relación con la pintura. A casi 20 años de su primera exposición, en junio pasado volvió al circuito del arte con el mismo pudor con que recibe los aplausos al finalizar una obra de teatro. De hecho, 57” partió de una premisa que es impensable sin Red, la puesta en que encarnó a Mark Rothko, un pintor que está ante la disyuntiva de aceptar un precio alto por una serie de murales que se usarían para decorar las paRedes de un restaurante de lujo o aferrarse a sus principios y rechazar ese proyecto netamente comercial. “57 bocetos hechos cada uno en 57 segundos rescatados entre todos los producidos en cada una de las funciones. Así pensé la muestra, así la hice”, explica Chávez. 57 segundos. Un instante. O “un intenso encuentro con mi pintor”, como él lo describe; una puerta o una enorme boca, como diría Rothko.

Fiel a su método, Hirsch Chávez llegaba dos horas y media antes al teatro para repasar todo el texto de la obra. A pesar de que lo repetiría unas 320 veces, sólo en escena. A pesar de que, a esa altura, en el fondo, sabía que se lo podía ahorrar. “Me asusta la oscuridad, la ausencia de luz”, confesaba imbuido del personaje de Rothko mientras se sentaba en un sillón, tomaba papel y crayones y seguía discutiendo sobre el significado del color negro, sinónimo de la “disminución de la fuerza vital”, de la vejez y, eventualmente, la muerte. Mientras tanto, Hirsch Chávez, el pintor, se colaba ahí, de modo inconsciente, deslizando trazos rojos, verdes, amarillos, naranjas y azules sobre la hoja. Estaba como ausente, en segundo plano, latente pero no pasivo.

A dos décadas de su primera exposición, y ya consagrado en televisión, teatro y cine: ¿es un actor que pinta o un pintor que actúa?
La muestra se llama 57” porque tiene como protagonista el asunto del boceto, y ahí difiere mucho de todo lo que he presentado hasta ahora. Jamás pasaría a primer plano el tiempo en el que fue hecho, pero es muy importante ese tiempo para mí, porque mientras estaba ocupado de mi actor en escena, como el rol tenía que bocetar, mi actor le delegó al pintor que él se ocupase de hacer eso mientras yo actuaba. Y se ve que mi pintor, estando bastante más libre de lo que está generalmente, pintó. Descubrí que mi pintor estaba ocupado en escena. Y no sabía que me iba a devolver un trabajo de crecimiento en relación a una suerte de libertad que consiguió en menos de un minuto, día a día, en escena. Fue como ganando confianza, seguridad y variedad, inclusive, en el trazo. Y como no tenía tiempo, ni se me ocurría pensar qué iba a hacer, era realmente un momento en el momento. No había proyecto, no había idea: había crayón, papel, un oficio y una relación establecida con el color durante 30 años. Y después, el azar. En terapia, hablábamos de la diferencia que hay en inglés entre game y play... Game es un juego que tiene reglas y play no está reglado, es jugar. Se ve que mi actor estaba haciendo un game y mi pintor estaba jugando. Después, de los 320 bocetos seleccioné 57 en homenaje al tiempo promedio de la escena. La selección también fue un trabajo muy atractivo: hay algunos que los puedo considerar obra y hay otros que son bocetos, intentos, jugueteos.

¿Descubrió alguna influencia de Rothko?
No, no es que yo pintaba emulando a Rothko. Estuve influenciado inconscientemente, tal vez, por una invitación que te da Rothko acerca de escaparte de una literalidad y entrar en el mundo de la sensibilidad del color. Y creo que ese asunto me dio autorización a estar protegido o justificado, si lo querés, por la ideología de este hombre. Cuando yo empecé a estudiar pintura, por el año ’82, mi primer trabajo de taller fue una abstracción: el otro día la puse al lado de los bocetos y tiene la misma estructura, la misma vibración, el mismo trazo... Así que no es tan fácil escaparse de uno mismo.

¿Guardó lo que pintaba en escena pensando, deliberadamente, en exponerlo?
No. Mi asistente Max (NdR: Otranto, stage manager de Red) me preguntó qué íbamos a hacer con los bocetos. “¿Qué? ¿Vos los estás guardando?”, le pregunté. Y me respondió: “Sí, claro. Todos, hasta los del ensayo general”. Había cuatro o cinco meses de bocetos, unos 120. Y cuando los empecé a desplegar era como un regalito, una sorpresa. A partir de entonces los recontra guardo porque ya son muy significativos para mí. Cada uno está numerado y encarpetado. Es muy atractivo ver cómo los iniciales eran muy tímidos, muy diletantes todavía. El 6 de enero de 2014 fue la primera función y, si ves el boceto, es, literalmente, una rayita temerosa. Claro, porque estaba tan preocupado por la escena que mi mano no tenía la libertad que fue ganando a medida que fui confiando. Sin saber, sin haber especulado, sin haber creído, se transformó en una muestra.

¿Siente, como se dice en Red, que “es un riesgo enviarlas al mundo”?
Todo pensamiento que uno sueña es perfecto pero, en el mismo momento en que lo comunica, se manifiestan sus imperfecciones, los que lo aceptan, los que no lo aceptan... Bueno, porque salió al mundo, y en el mundo están los otros. Y los otros no están para colaborar para que tus sueños se cumplan. Los otros tienen cada uno sus sueños, que a veces coinciden y, a veces, no. Entonces, entiendo que cuando mostrás tu obra es un riesgo. Y no solamente porque puede ser rechazada; a veces es un riesgo porque puede ser aceptada. Y muy aceptada.

¿Temió que ser aceptado como artista implicara un encasillamiento?
Ya no. Ahora, ya no. Yo no hago comerciales, cuando me lo han ofrecido, porque podés tener la suerte de que la publicidad no pegue pero, también, podés tener la mala suerte de que pegue. Y, si pega, ¿quién te saca del imaginario del espectador como el tipo del vino lo que fuere o del reloj no sé cuánto? Cuando tenés éxito es una alegría y un agradecimiento, pero es un problema también. Tenés que correrte de ahí. Entonces, el mundo es un riesgo en muchos sentidos: un riesgo porque te pueden criticar, pero también porque te pueden alabar; un riesgo porque te puede ir muy mal, pero también porque te puede ir muy bien. Hay seres que han salido al mundo, no los han tratado bien y los han quebrado de por vida: se han asustado o se han resentido porque les ha dolido enormemente algo. A veces, uno sale ingenuamente, desprevenido, ¿no? Pero hay algo que se llama templanza también. Y es muy importante, porque los golpes pueden ser muchos. Ya el aprendizaje es difícil: el debatirte, el pelearla, el insistir, el humor de la imperfección, tener un poco de piedad pero también ser despiadado, y, sobre todo, la inevitable certeza de la falla. Vos tenés una mirada y tu mirada es certera, pero es fallada, porque no es universal.

¿Se arrepiente de haber relegado su yo pintor?
Cada vez que veo una obra mía pienso: “Si hubiera seguido por ahí...”. En este momento estoy mudando mi taller a otro espacio y miro trabajos de 2001 ó 2002. Es muy común, en un pintor, que vea una obra y retome, porque uno boceta mucho, juguetea, prueba, abandona, se olvida. Con mi condición de actor, a veces me puedo pasar tres semanas sin poder abrir el taller, y algunas cosas quedan. Entonces, el “si hubiera seguido por ahí” es algo que sigo sintiendo. Lo mismo pasa en la vida: si me hubiese casado, si me hubiese encontrado con otro ser humano... Uno tiene colores en la paleta y después pinta algo. Tal vez podría haber hecho muchas otras cosas.

¿El secreto es estar satisfecho con lo que sí hizo?
¿Quedar satisfecho? (repite, incrédulo). Una persona como yo no puede quedar satisfecha: soy muy voraz. Te puedo decir que la vida me ha dado muchos tentempiés, y eso se le agradece enormemente porque, cada tanto, mi león descansa. Pero satisfecho, no. Porque, además, relaciono el deseo de vivir con la insatisfacción de querer más y más. Es la belleza del ser humano, que es un hacedor. Eso es lo más hermoso que tenemos: el hacer. De hecho, cuando una madre está desesperada con sus hijos, busca qué puede hacer para que se dejen de joder. Y yo creo que, finalmente, somos chicos que estamos todo el tiempo dándonos cosas para dejarnos de joder (ríe).

Un acto riesgoso

Las exposiciones de Hirsch Chávez son esporádicas, “por ciclos”, como él define. Las obras de 57” parecerían estar muy lejos de la serie de trabajos figurativos que “el kamikaze” –dice, entre asombrado y divertido– Julio Hirsch envolvió y llevó él mismo hasta Alemania para exhibir en Art Frankfurt ’94. Sin embargo, años después, los recuperó de su propio taller, los desembaló y volvió a estar frente a la misma duda: ¿y si hubiese seguido por ese camino?

¿Hay alguna diferencia entre el actor que interpreta un guión y el artista plástico que se expresa en su propio lenguaje?
Cuando comprendés un rol, lo hacés desde la humanidad que te asiste. No desde la identidad que construiste o que se construyó en tu ser, sino más que eso, desde la humanidad que te asiste, aunque no pertenezca a tu identidad. La identidad es algo necesario para constituirnos como seres humanos, pero también es un devenir. En la plástica, finalmente, también es así, porque lijar una madera al punto de dejarla como si fuese una seda o un papel japonés, también es una experiencia de identidad.

¿Las expectativas, opiniones y miradas ajenas lo condicionaron para no exponer más y antes?
No, ya no. Tiene que ver con el tiempo. La vida es como salir de compras: sabés que el negocio cierra en algún momento; empezás a seleccionar lo que vas a comprar y lo que no; y si hay algo que se te vuelve muy pesado en el bolso, empezás a decir “ya está”. En ese sentido, las opiniones son lo primero que uno tiene que sacar del bolso y tirar. Porque son muy pesadas y no sirven para una mierda (ríe, aliviado). Entonces, tiro las opiniones y hago mi vida en función de mis principios. Como mi principio es expresarme, soy un actor que pinta y soy un pintor que actúa: y eso a mí me permite seguir de shopping. Es así como lo resolví: he decidido que las opiniones no sean más un problema y las boto de mi carrito de compras.

Hace unos años, confesó haber vivido un quiebre con “el circuito de la administración del arte”. ¿Qué motivó esa crisis?
Los espacios legitimados, los no legitimados, las luchas de poder, las admisiones, las no admisiones, el comercio y todo eso forman parte de lo que llamo “la administración del arte”. Sí, tuve una crisis porque había hecho una exposición, en Sonoridad Amarilla, llamada Mueblecitos inútiles, que para mí tuvo mucho sentido. Por primera vez, sentí, tal vez equivocadamente, que estaba arribando a algo bastante auténtico como expresión. Pero me sentí muy incómodo con toda la situación: por cómo fue recibida, por la superficialidad que sentí, y no por parte solamente del medio de la pintura, sino de mi gente querida también. Recuerdo que yo decía: “¡Pero qué pedazos de pelotudos que son! ¡Qué superficiales!”. No me gustó ese espacio, no me gustaron los colegas artistas plásticos que se acercaban, y sobre todo, desde mi punto de vista, no me gustó que no me hicieran fácil la entrada al mundo de la pintura. Quedó claro que no me la iban a hacer fácil.

¿Sigue enojado por el vacío que le hizo el ambiente plástico tradicional?
Me enojé. Mucho. Ocho años estuve enojado. Se dieron dos cosas: por un lado, me expandí mucho actoralmente en esos años; y, por el otro, me retraje mucho en relación con la pintura. Mes tras mes pensaba: “Voy a volver, voy a volver, voy a volver a pintar”. No podía entrar al taller. Pero empecé a desenojarme... Me acuerdo que una vez, cuando tenía 8 años, me enojé, hice el bolso y actué que me iba de mi casa. Vivía en Núñez, en una planta baja. Era de noche, abrí la puerta, salí a la calle y me fui caminando a la esquina. Cuando llegué, me di cuenta de que ninguno de mi familia había caído: volví y estaban todos haciendo lo suyo. Así fue cómo volví a la pintura. Es algo que nos pasa en la vida, ¿no? Cuando voy caminando por la calle, me digo: “Pensar que al día siguiente, al minuto siguiente que muera, todo va a ser exactamente igual, nada va a haber cambiado”. Es muy fuerte cuando te das cuenta de esa obviedad. Cuando cayó en mis manos Red, lentamente fui entrando de nuevo al taller. Y en un año produje la muestra. Estaba con una necesidad de trabajar imperiosa. Y todos esos años de no pintar me habían vuelto más liviano, más flojito, y más artista plástico, creo.

¿Ganó la batalla contra los prejuicios?
No, por el contrario. Porque, además, esa batalla no está afuera sino adentro mío. Mi decisión es seguir en matrimonio con el lenguaje de la plástica porque eso, finalmente, hace de mí muchas más cosas. Lo otro genera, en todo caso, una noche de insomnio, pero no más que eso.

Perfecta imperfección

Hacia el final del tercer acto de Red, la tensión entre Rothko y su aprendiz escalaba a tal punto que hasta el silencio –métricamente calculado– desbordaba de ansiedad la sala. Rothko, disfrazando una disculpa tácita detrás de una lección de historia del arte, decía: “Hay un cuadro de Rembrandt que se llama El festín de Baltasar. Baltasar, rey de Babilonia, hace un festín y blasfema. En la pintura aparece una mano divina que escribe una sentencia en la paRed que dice: ‘Has sido pesado en la balanza y has sido hallado defectuoso’. Esa sentencia significa negro para mí”. La falla también resuena profundamente en Chávez.

En sus esculturas hay un vacío, ¿es deliberado?
Primero, en los objetos aparece la tridimensión, que es una experiencia muy diferente a la pintura. Segundo, mis objetos escultóricos son pretensiones de ingeniería hechas por un ignorante. Me gusta jugar a que soy un constructor de edificios que se van a ir a la mierda en cualquier momento. Me expresa enormemente construir todo de una manera casi infantil. Además, soy torpe, tosco, y se nota. Hay algo que tiene mi trabajo: se nota que está hecho por una persona imperfecta, con pretensión, casi de una manera ficcionada. Para mí, como actor que pinta y como pintor que actúa, la ficción no es una palabra ajena. Por el contrario, es casi como el aire, como el corazón, como el palpitar. Para mí, la ficción es la cosa más hermosa que hay en el mundo. Y para mí ficción es todo.

¿La vida también es una ficción?
Me acuerdo cuando murió mi padre. Fue un día único en mi vida, como generalmente supongo que es. Lo estaba enterrando en un día de una belleza... Casi como para confirmar la muerte de mi padre había un sol tan vivo, tan hermoso. Y yo estaba mirando cómo el cajón estaba bajando y cómo unos señores le estaban tirando tierra encima. Me observaba despidiendo a mi padre y pensaba: “Ojalá un día pueda hacer una escena donde pueda representar esto”. Y en ningún momento sentí que eso disminuía mi dolor; por el contrario, lo agrandaba en su conciencia. Entonces, no porque era consciente lo que hacía era mentira, sino que era la articulación social de un algo. Todo lo vemos en términos de ser representación de un algo. Es inevitable, ¡vemos las cosas en escenas!

Actúa, pinta, esculpe. Es un despliegue que demuestra su gran capacidad expresiva...
No la tengo sólo yo, la tiene todo el mundo. En todo caso, soy dichoso porque la puedo ejercer. A veces, pienso: ¿cómo los demás no desarrollan la necesidad de comunicarse? ¿Cómo carajo hacen para callarse la boca? Cuando veo un colectivo atestado de seres humanos, siento que cada uno de ellos tiene una biblioteca en su interior en términos de ganas de comunicar y de articular. Y pienso: “¡Qué mansedumbre!”. En ese sentido, no tengo mansedumbre. Y quiero hablar, sobre todo, porque el mundo me habla. Todo el tiempo. ¡Y yo también tengo cosas para decir! También escucho, me alimento de expresiones ajenas, hermosas. Hablo, escucho, leo. ¡Y miro! Cuando era chiquito, mi mamá me decía: “¡Dejá de mirar a la gente así!”. A mí siempre me pareció que el mundo está hecho para que uno lo mire.

¿Es cierto que está coleccionando libros y películas para cuando se jubile?
Sí, sí. En verdad, pasa lo siguiente: el tiempo a veces se hace escaso y las ganas de ver y leer son muchas. Tengo muchas deudas con grandes autores, entonces los compro. Sé que voy a tardar en ir al encuentro de ellos, pero agarro la obra completa de Fiódor Dostoievski o de Walter Benjamin pensando: “Espérenme, en algún momento voy a leerlos”. A veces pienso que no va a haber vida suficiente para que pueda leer tanto. Pero los compro pensando que ahí estará mi alimento cuando ya no pueda trabajar o decida trabajar menos. Y lo mismo con las películas: hay millones de directores que adoro y me gustaría ver toda su filmografía, como Woody Allen, Akira Kurosawa o Ingmar Bergman. Compro las películas y las ordeno una y otra vez, con sus tarjetitas, como los chicos de antes, que agarraban las figuritas y las contaban 8 veces.

¿Qué tan próximo o lejano está su retiro?
Me gustaría actuar hasta que pueda. Hasta que tenga ganas (se corrige inmediatamente). Supongo que las ganas de actuar no se me van a ir hasta último momento. De expresarme, mejor dicho. Entonces, no sé, tal vez escribiré, pintaré, actuaré... Algo haré. Mansedumbre no, eso seguro. Creo que va a ser muy duro para mí si tengo que entregarme a la existencia sin expresión. Eso me parece un calvario.

Suena lógico, viniendo de un artista cuyo leitmotiv vital ha sido la expresión...
Sí, pero una cosa es la expresión con la posibilidad de expresarte y otra cosa es cuando ya el instrumento no quiere colaborar. Eso, para mí, es la prisión, la verdadera prisión.

¿Significa que no poder expresarse le daría, eventualmente, más miedo que la muerte?
Bueno, de elegir no sabría que elegiría. ¡Cuidado!

Es un dilema complicado de resolver.
Sí, sí… Bueno, no sé si es tan complicado. En mi interior, ya contesté. Así que... ¡Dios ya sabe lo que contesté! (sonríe).
http://www.apertura.com/lifestyle/Julio ... -0002.html

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Сообщение koruskant » Пн авг 29, 2016 10:05

от 26 августа 2016
Colsecor Revista- Julio Chávez:La pasión de un creador

Julio Chávez, -actor, director, docente, dramaturgo, artista plástico con muestra recién inaugurada en Buenos Aires-, es un buen ejemplo de una generación de artistas comprometidos con su deseo de conocer, crecer, crear.

Luego de una trayectoria de varias décadas, Julio Chávez trasmite dos cosas paralelas y convergentes. Ha crecido mucho aunque se lo ve y siente igual.
No sé... Sí estoy crecido, no sé si estoy como siempre. ¿Qué otra opción tendría, haberme transformado en qué?

Hay quienes se la creen, se cholulizan…
Pasa que siempre he tenido muy buenos maestros y muy ambiciosos modelos. Yo tengo la dicha de querer y obtener, y eso es un buen alimento sobre todo si querés algo que yo considero que está bueno para el alma, para el trabajo, para el oficio. Yo he querido aprender, y he podido y puedo aprender, y he querido maestros y me han dado los maestros. Y he querido un oficio, y el oficio se me ha dado. Entonces siento que golpeo la puerta, trabajo para que se me abra y la puerta se abre. Brego, lucho para entender algún aspecto del funcionamiento, de la mirada, y por suerte tengo mucha gente que me aconseja y me guía y siempre he sentido que mis preguntan se alimentan de respuestas muy nutritivas y muchas veces más nutritivas que el alimento que yo creía tenían, he recibido más de lo que pensaba que necesitaba. Frente a eso, dejar que mi ego coma de cualquier comida…

Ese es el peligro, ¿no?
Al ego siempre hay que alimentarlo, después lo que cada uno le da de comer es algo muy personal. Hay gente que ha crecido enormemente en el oficio y su ego o su divismo ha crecido de la misma manera. Bueno, no será simpático, depende de lo que cada uno crea. Hay personas que necesitan eso para sostener alguna otra cuestión o a lo mejor es una manera de vincularse inclusive con uno mismo. Yo he comprobado que el divismo es una suerte de enojo también, porque el alma sabe que eso en algún momento se va, que eso es una ficción, entonces uno se enoja de antemano, uno sabe que le van a quitar la corona así que está resentido cuando aún la tiene. ¿Pero si todavía tenés la corona, por qué estás tan resentido, tan irritado? Yo creo que el alma podría contestar ‘porque sé que la voy perder’, no sé… En ese sentido lo que me sorprende es que sigo teniendo la misma alegría y la misma fe en el vínculo que se establece con el deseo de conocer; eso en mí está muy vivo. Esto también tiene sus aspectos negativos, a veces estás un poco aislado…

Vos siempre fuiste así…
Sí, tengo esa tendencia. Pero con los años hubiera podido cambiarla un poco… De todos modos, estas son cosas muy poco importantes. Somos una generación demasiado egomaníaca, de preguntarse quién es uno, y uno, y uno… No tiene tanta importancia si uno es cerrado o abierto. Me parece más trascendente, cuando te enfrentás a la historia de vida de un ser humano, tratar de ver cuáles son sus principios, qué construyó en base a ellos, cómo vivió, cómo tuvo que lidiar con una época, una circunstancia, con cuestiones azarosas…

Chávez es un actor que se formó y desarrolló desde el teatro. De a poco, como explorando, se aventuró en el cine. Con reconocimientos importantes en los dos ámbitos, recién llegó al público masivo de la televisión bien avanzada su carrera. Da la sensación de que le ha gustado…
Mucho, muchísimo. Todo depende del vínculo, los prejuicios y del programa al que llegás. Yo salí despedido de la televisión entre el ´78 y el ´80 claramente en términos de mi incompetencia para resolver los problemas que me planteaban los programas para los que me habían llamado. Por un lado, no podía resolver las cuestiones técnicas que me pedían, y por otro no estaba en condiciones de dejar que ellos me enseñaran cómo se resolvían. Estaba en una situación muy complicada: yo no puedo, pero cómo ellos los resuelven tampoco me gusta. Entonces no acepté construir el aprendizaje de un molde según el cual se trabajaba, pero nunca lo critiqué. Sólo seguí el compromiso de continuar formándome en la dirección que había elegido. Estuve apartado de la tele durante décadas. Jamás establecí ningún tipo de conflicto, sólo aparecía, chequeaba si podía y me retiraba. Ese fue el vínculo que tuve hasta que sentí que empezaba a tener un instrumento con el que podía crear mi expresión. Y así fue. Cuando entré a la televisión empecé a sentir que –como siempre creí- no es un espacio con problemas, los problemas están en las personas que lo habitan, ningún espacio es problemático en sí mismo.

Vos solías construir minuciosamente tus personajes, inclusive a través del estudio de personas reales. ¿Lo seguís haciendo?
Lo sigo haciendo, pero no ya para ‘un’ personaje. Lo hago más como juntador de experiencias; ya es una mirada que se ha desarrollado en esa dirección y todo va a una suerte de google personal. Por supuesto que si me aparece algún rol del que todavía no tengo mucha claridad, lo vuelvo a poner en práctica.

¿Te pasó con El Puntero?
No, porque ahí se me apareció claramente una mezcla del Cacho Castaña de cuando yo era chico con un fletero…

Pero su entorno no era ni del uno ni del otro, era la villa.
Pero la villa ya es otra cuestión. Está y yo no tengo nada que construir ahí. Yo me alejé mucho de darle a la villa una trascendencia porque no tenía ganas de estar comunicando que yo como actor ‘estaba tomando contacto con’… Mi conflicto más grande –en términos de aprendizaje- es que no tenía ganas de sentirme de golpe ni bueno ni comprensivo, de que en mí se despertase una cuestión demagógica de entendimiento, la cuota necesaria burguesa para poder comer a la noche en paz. Cuando grabábamos en ese barrio ahí en Tigre, todo el tiempo era muy agotador poner cara de comprensivo, -como actores, digo-. Respetar por miedo es espantoso. El respeto no tiene por qué surgir del temor, onda que ‘si ven que uno mira con respeto no te hacen nada’; yo miro como miro, yo miro con respeto, no tengo que mirar con cargo de conciencia. De la misma manera que si una persona viene no me tiene que pedir con voz lastimosa que necesita plata, yo entiendo lo que necesita y me lo puede decir así nomás, ‘dame algo que necesito’, y no ponerme un tono plañidero. Por eso para mí fue una experiencia enormemente enriquecedora. Y como se estableció empatía, eso se percibió. Entonces hoy todavía, los pibes que pasan por la puerta de mi casa y son cartoneros, me saludan como si fuese un hermano de ellos. Esas son cosas del oficio que te impresionan profundamente.

“Yo soy mi propia mujer” Cae el Muro de Berlín y un norteamericano conoce, en la parte oriental de la ciudad, a Charlotte von Mahlsdorf, una travesti que había sobrevivido al nazismo y al comunismo, coleccionista de muebles y objetos de las últimas décadas del siglo XIX, dueña de un museo. A su regreso a Estados Unidos, el hombre comenta al dramaturgo Doug Wright la existencia de la travesti. En 1993, Wright vuela a Alemania. La conoce, la entrevista, la ama, la descubre. Y transforma ese encuentro en obra de teatro: “Yo soy mi propia mujer”. Con la puesta en escena de Agustín Alezzo, Julio Chávez repuso esta obra multipremiada y ahora está llevándola de gira por buena parte del país. Vale la pena disfrutarla.

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Сообщение koruskant » Пн авг 29, 2016 14:11

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Colsecor Revista- Julio Chávez:La pasión de un creador
COLSECOR NOTICIAS·VIERNES, 26 DE AGOSTO DE 2016
Julio Chávez, -actor, director, docente, dramaturgo, artista plástico con muestra recién inaugurada en Buenos Aires-, es un buen ejemplo de una generación de artistas comprometidos con su deseo de conocer, crecer, crear.
Por Verónica Rímuli
Luego de una trayectoria de varias décadas, Julio Chávez trasmite dos cosas paralelas y convergentes. Ha crecido mucho aunque se lo ve y siente igual.
No sé... Sí estoy crecido, no sé si estoy como siempre. ¿Qué otra opción tendría, haberme transformado en qué?
Hay quienes se la creen, se cholulizan…
Pasa que siempre he tenido muy buenos maestros y muy ambiciosos modelos. Yo tengo la dicha de querer y obtener, y eso es un buen alimento sobre todo si querés algo que yo considero que está bueno para el alma, para el trabajo, para el oficio. Yo he querido aprender, y he podido y puedo aprender, y he querido maestros y me han dado los maestros. Y he querido un oficio, y el oficio se me ha dado. Entonces siento que golpeo la puerta, trabajo para que se me abra y la puerta se abre. Brego, lucho para entender algún aspecto del funcionamiento, de la mirada, y por suerte tengo mucha gente que me aconseja y me guía y siempre he sentido que mis preguntan se alimentan de respuestas muy nutritivas y muchas veces más nutritivas que el alimento que yo creía tenían, he recibido más de lo que pensaba que necesitaba. Frente a eso, dejar que mi ego coma de cualquier comida…
Ese es el peligro, ¿no?
Al ego siempre hay que alimentarlo, después lo que cada uno le da de comer es algo muy personal. Hay gente que ha crecido enormemente en el oficio y su ego o su divismo ha crecido de la misma manera. Bueno, no será simpático, depende de lo que cada uno crea. Hay personas que necesitan eso para sostener alguna otra cuestión o a lo mejor es una manera de vincularse inclusive con uno mismo. Yo he comprobado que el divismo es una suerte de enojo también, porque el alma sabe que eso en algún momento se va, que eso es una ficción, entonces uno se enoja de antemano, uno sabe que le van a quitar la corona así que está resentido cuando aún la tiene. ¿Pero si todavía tenés la corona, por qué estás tan resentido, tan irritado? Yo creo que el alma podría contestar ‘porque sé que la voy perder’, no sé… En ese sentido lo que me sorprende es que sigo teniendo la misma alegría y la misma fe en el vínculo que se establece con el deseo de conocer; eso en mí está muy vivo. Esto también tiene sus aspectos negativos, a veces estás un poco aislado…
Vos siempre fuiste así…
Sí, tengo esa tendencia. Pero con los años hubiera podido cambiarla un poco… De todos modos, estas son cosas muy poco importantes. Somos una generación demasiado egomaníaca, de preguntarse quién es uno, y uno, y uno… No tiene tanta importancia si uno es cerrado o abierto. Me parece más trascendente, cuando te enfrentás a la historia de vida de un ser humano, tratar de ver cuáles son sus principios, qué construyó en base a ellos, cómo vivió, cómo tuvo que lidiar con una época, una circunstancia, con cuestiones azarosas…
Chávez es un actor que se formó y desarrolló desde el teatro. De a poco, como explorando, se aventuró en el cine. Con reconocimientos importantes en los dos ámbitos, recién llegó al público masivo de la televisión bien avanzada su carrera. Da la sensación de que le ha gustado…
Mucho, muchísimo. Todo depende del vínculo, los prejuicios y del programa al que llegás. Yo salí despedido de la televisión entre el ´78 y el ´80 claramente en términos de mi incompetencia para resolver los problemas que me planteaban los programas para los que me habían llamado. Por un lado, no podía resolver las cuestiones técnicas que me pedían, y por otro no estaba en condiciones de dejar que ellos me enseñaran cómo se resolvían. Estaba en una situación muy complicada: yo no puedo, pero cómo ellos los resuelven tampoco me gusta. Entonces no acepté construir el aprendizaje de un molde según el cual se trabajaba, pero nunca lo critiqué. Sólo seguí el compromiso de continuar formándome en la dirección que había elegido. Estuve apartado de la tele durante décadas. Jamás establecí ningún tipo de conflicto, sólo aparecía, chequeaba si podía y me retiraba. Ese fue el vínculo que tuve hasta que sentí que empezaba a tener un instrumento con el que podía crear mi expresión. Y así fue. Cuando entré a la televisión empecé a sentir que –como siempre creí- no es un espacio con problemas, los problemas están en las personas que lo habitan, ningún espacio es problemático en sí mismo.
Vos solías construir minuciosamente tus personajes, inclusive a través del estudio de personas reales. ¿Lo seguís haciendo?
Lo sigo haciendo, pero no ya para ‘un’ personaje. Lo hago más como juntador de experiencias; ya es una mirada que se ha desarrollado en esa dirección y todo va a una suerte de google personal. Por supuesto que si me aparece algún rol del que todavía no tengo mucha claridad, lo vuelvo a poner en práctica.
¿Te pasó con El Puntero?
No, porque ahí se me apareció claramente una mezcla del Cacho Castaña de cuando yo era chico con un fletero…
Pero su entorno no era ni del uno ni del otro, era la villa.
Pero la villa ya es otra cuestión. Está y yo no tengo nada que construir ahí. Yo me alejé mucho de darle a la villa una trascendencia porque no tenía ganas de estar comunicando que yo como actor ‘estaba tomando contacto con’… Mi conflicto más grande –en términos de aprendizaje- es que no tenía ganas de sentirme de golpe ni bueno ni comprensivo, de que en mí se despertase una cuestión demagógica de entendimiento, la cuota necesaria burguesa para poder comer a la noche en paz. Cuando grabábamos en ese barrio ahí en Tigre, todo el tiempo era muy agotador poner cara de comprensivo, -como actores, digo-. Respetar por miedo es espantoso. El respeto no tiene por qué surgir del temor, onda que ‘si ven que uno mira con respeto no te hacen nada’; yo miro como miro, yo miro con respeto, no tengo que mirar con cargo de conciencia. De la misma manera que si una persona viene no me tiene que pedir con voz lastimosa que necesita plata, yo entiendo lo que necesita y me lo puede decir así nomás, ‘dame algo que necesito’, y no ponerme un tono plañidero. Por eso para mí fue una experiencia enormemente enriquecedora. Y como se estableció empatía, eso se percibió. Entonces hoy todavía, los pibes que pasan por la puerta de mi casa y son cartoneros, me saludan como si fuese un hermano de ellos. Esas son cosas del oficio que te impresionan profundamente.
“Yo soy mi propia mujer” Cae el Muro de Berlín y un norteamericano conoce, en la parte oriental de la ciudad, a Charlotte von Mahlsdorf, una travesti que había sobrevivido al nazismo y al comunismo, coleccionista de muebles y objetos de las últimas décadas del siglo XIX, dueña de un museo. A su regreso a Estados Unidos, el hombre comenta al dramaturgo Doug Wright la existencia de la travesti. En 1993, Wright vuela a Alemania. La conoce, la entrevista, la ama, la descubre. Y transforma ese encuentro en obra de teatro: “Yo soy mi propia mujer”. Con la puesta en escena de Agustín Alezzo, Julio Chávez repuso esta obra multipremiada y ahora está llevándola de gira por buena parte del país. Vale la pena disfrutarla.

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Сообщение koruskant » Пн авг 29, 2016 14:49

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Сообщение koruskant » Вт сен 13, 2016 12:25

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Сообщение koruskant » Вт сен 13, 2016 12:31

статья 2007 года
Más allá del gran actor

El protagonista de "Yo soy mi propia mujer" habla de "La de Vicente López", donde cumple los roles de dramaturgo y director.

La obra La de Vicente López sugiere esas pequeñas o grandes diferencias que pueden hacer de la Avenida Rivadavia, al sur o al norte, una frontera y distraer de las diferencias verdaderas. "Me causa dolor y ternura -dice Julio Chávez, su autor y director- cómo en situaciones no trascendentes surge lo miserable de esos animalitos que somos." No lo moviliza para sus obras una intención política concreta, tampoco en ésta, que desarrolla con mucho humor los resentimientos familiares -durante un brindis de año nuevo- entre la que echó buena y se mudó a Vicente López y su hermana que quedó en un barrio (en Pompeya, La Matanza o Avellaneda), con patio, con pintor incluido como adherencia y promesa de reforma siempre inconclusa, con una hija fanática evangelista y un hijo con discapacidad mental que sin embargo es el que cuestiona las frases hechas: ¿qué nos quiere decir la televisión con eso de faltan seis días para el 2007?. "Por cierto, me conmueve la seriedad que se otorga a lugares comunes y frases hechas" agrega Chávez.

Tampoco tuvo intención política concreta que el mantenido por la de Vicente López sea uruguayo y se peleen como por la pastera, y sin embargo el patetismo de esta rivalidad entre dos necesitados es el mejor de los alegatos políticos. Este personaje uruguayo había surgido en el '97, ya que la obra en realidad reúne tres piezas cortas escritas con anterioridad: Jamón serrano nosotro no necesitamo, Mano dura y El año 2000, las dos primeras publicadas. Esta fusión fue posible con mucha búsqueda en escena, la escritura de un 40 por ciento de texto nuevo, y una estructura que partiera de los elementos en común y diera pie a un solo relato. Surgió en la constante búsqueda de material que realiza con su compañía estable: Baal (el nombre alude a la primera obra de Brecht).

"Hace unos seis años -cuenta- percibí en un grupo de actores formados que entrenaban conmigo una gran desesperanza respecto de la profesión. Les dije que en lugar de perder la energía en lamentarse por lugares donde no los invitaban era mejor ponerla en generar los propios espacios y ser anfitriones. Y esto me impulsó a salir al medio como autor y director con los primeros materiales: Rancho, Mi propio niño Dios, Maldita sea la hora y Angelito Pena. Ya desde hacía tiempo el hecho de entrenar actores me había llevado a escribir pequeñas escenas, luego obras cortas. Además, el actor está siempre muy cerca de la dramaturgia, debo haber leído 2000 obras, 300 de ellas de manera repetida, y -en mi caso- la formación con Augusto Fernandes me hizo encarar la improvisación como herramienta para comprender un texto, una forma de buscar desde el propio lenguaje el objeto que inspiró originariamente al autor de una obra, lo que es una especie de entrenamiento dramatúrgico".

Actualmente sus obras están editadas por Ediciones Colihue y la compañía cuenta con diecisiete actores estables, más los invitados. "Nos fijamos reglas éticas, aunque no paralizantes; una compañía implica responsabilidades, vínculos, leyes de convivencia y respeto, tiempo de dedicación, crear nuestra forma de producirnos y financiarnos. Es complejo pero está funcionando y creciendo".

De hecho, La de Vicente López sigue a sala llena desde su estreno y continuará todo el año, mientras la compañía prepara otro espectáculo que reunirá una pieza mediana, ya escrita, con otra en proceso de escritura. Cruce entre el sainete y el absurdo, la obra de Chávez como autor suele frecuentar ásperos vínculos familiares y personajes freak. "No me interesa hacer un análisis sicológico ni sociológico -aclara él-, me inclino por los marginales, no en el sentido habitual sino como los que están en el borde o en situaciones que, desde lo cotidiano, bordean el delirio: despojos sociales, malformaciones, malos entendidos, historias truncas, riqueza venida abajo, relaciones que no se pudieron conformar. Me interesa eso de tener que soportar los vínculos familiares, el gusto que tenemos los humanos por molestar al que está enfrente, de querer interceder en su manera de ver el mundo, las peleas para imponer una mirada sobre las cosas. Tampoco tengo una pretensión filosófica, sobre todo esto pongo la mirada en situaciones pequeñas que no soportarían un enfoque ensayístico: se caerían o volverían solemnes. Y el humor me permite tomar distancia y dejar que el absurdo de la escena hable por sí solo. Parte de la tragedia de Hamlet es que trata la vida de un rey, la magnitud lo da que su madre sea además una reina".

Como director, Julio Chávez no separa ese rol de los otros: "todo se cocina junto aunque, como en el puchero, algunas cosas entran después. Voy montando al mismo tiempo que sigo escribiendo y generando situaciones en escena. Y tengo una mirada abarcativa, escucho sugerencias de todos pero tomo las decisiones". Incluso se ocupa del diseño escenográfico, que tiene estrecha relación con su faceta de artista plástico, algo que desde hace dos años confiesa tener un poco abandonado. "Pinté durante veinte años, pero últimamente sólo ordeno un taller que nunca desordeno. Es falta de tiempo y disponibilidad, ya voy a volver. Aunque ese rol aparece: la relación de los colores también narra, la forma en que mi mirada organiza la escena también viene de las artes plásticas".
http://edant.clarin.com/diario/2007/08/ ... -00601.htm

UPD:

21 de Junio 2014 Generalmente, Julio Chávez y Benjamín Vicuña no usan gafas. Por eso sorprendió su aparición en la mesa de los últimos Martín Fierro con sendos pares de anteojos, de estilo muy similar. REVISTA NOTICIAS
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Сообщение Vale1807 » Вс сен 18, 2016 23:04

http://www.lacapital.com.ar/julio-chave ... 45478.html
Julio Chávez: "Uno cuenta cuentos para la tribu"

El actor elogió el viaje que hace el espectador en el unipersonal "Yo soy mi propia mujer", que hoy se presenta en la comedia.
Hablar mano a mano con Chávez es una experiencia luminosa. Es como si después de atravesar el desierto del Sahara, con 45 grados de temperatura, soportando el sol ardiente, empapado en sudor y con los labios cuarteados, llega alguien y te dice "tomá, che, acá tengo un vaso de agua helada para vos". Ese tipo es Julio Chávez.

La comparación parece básica pero es la más aproximada a la sensación que se siente al entrevistar al mejor actor argentino de la actualidad. En medio de tanta chatura artística de aquí y de allá, Chávez pone la vara alta con "Yo soy mi propia mujer", el unipersonal dirigido por Agustín Alezzo que repuso ayer en la ciudad y hoy tendrá una segunda función, a las 20, en el teatro La Comedia (Mitre y Ricardone).

Chávez jerarquiza el oficio de actor, pero desde el amor hacia su oficio, desde la pasión más genuina, sin ponerse en el podio de los elegidos sino, todo lo contrario, desde el lugar más terrenal. Y, sobre todo, agradeciendo ese otro que viene a verlo a sus funciones, ya que sin esa presencia el hecho teatral no tendría sentido, pero aclarará en esta nota que, específicamente, esta obra no tendría razón de ser.

Con sentido del humor, con sensibilidad, Julio Chávez interpela y se interpela a través de este travesti de Berlín, con sus contradicciones políticas y su profunda humanidad. Así como muta en varios personajes en "Yo soy mi propia mujer", Chávez se transforma en este diálogo con este diario, se sube a las tablas y baja, se pone una bata con tacos altos y al rato estará en camisa y zapatillas para dar otra magistral clase de teatro. Se sube el telón, de frente, frente a ustedes, Julio Chávez.

—¿Cómo es esto de poder componer varios personajes sobre el escenario, qué te genera como actor?

—"Yo soy mi propia mujer" me ha dado en la cocina de mi oficio enormes atributos, enormes regalos no solamente porque el espectáculo funcionó como funciona ahora muy bien, sino que me ha enseñado, me ha aleccionado, me ha dado herramientas nuevas, me ha ayudado a pensar acerca del oficio de relator, me ha hecho entender con mucha más hondura, o con la hondura a la cual yo puedo acceder, este tema de que uno es un relator de la tribu, que cuenta cuentos y relatos, y que la tribu es parte de la que colabora para este fenómeno.

—¿Por qué decís que la tribu colabora?

—Porque hay algo muy importante en "Yo soy mi propia mujer" como en todo espectáculo. Pero en "Yo soy mi propia mujer" yo lo experimento de una manera muy particular y es la ceremonia que se produce con la colaboración de la atención del espectador. Para que se produzca un relato, el espectador en principio viene al teatro en un acto de fe, en el mejor de los casos, a participar de un cuento. Un ser humano se va a subir al escenario a contarle un cuento, a contarle algo que, sin lugar a dudas, tiene que ver con la humanidad. Ese acto de fe tiene que ver con una sala que se oscurece y con algo que empieza a relatar, llamale actor o elenco. En ese momento el espectador hace silencio porque supuestamente va a participar de un viaje, él también va a hacer que eso pase, de nada sirve el acto de magia del mago si no hay una persona que está mirando cómo saca una paloma. De esa misma manera se produce en "Yo soy mi propia mujer" un acto muy hermoso, en el que el espectador colabora para que se haga presente el relato. Así el relato no solamente se hace presente porque el actor lo cuenta sino porque él espectador aporta su imaginación para que eso aparezca en escena.

—¿De qué manera se concreta esa complicidad?

—En esta obra es un trabajo muy hermoso, muy arduo, muy generoso, ya que se pone en escena el relato de dos experiencias muy fuertes, una es la experiencia del autor que va a compartir con el espectador el encuentro fenomenal que ha tenido con este objeto, que se llama Charlotte von Mahlsdorf, que es este travesti; y por otro lado aparece en escena otro relato que es el relato del travesti, y esto se va fundiendo en el interior de esta obra y produce para mí un viaje muy hermoso que es el que hace el espectador con estas dos experiencias que a veces se funden en una sola y otras se dividen en dos experiencias diferentes, que son las del autor y la del travesti. Yo siento, cuando termina el espectáculo, uno de los silencios más hermosos que puede recibir un intérprete como regalo, que es un silencio de una atención orgánica, vital, que es la atención y el silencio que el espectador hace para que la ceremonia concluya y el avión aterrice de una manera respetuosa, silenciosa, activa, interesante. Eso para mí es un hermoso regalo que el espectáculo da, no solamente a mí, sino también al espectador, porque hoy día hacer silencio para que algo de la humanidad se haga presente y que eso no esté en el interior del barullo sino que una simple humanidad pueda hacerse presente mientras, suponete, unas 800 personas hagan silencio, es un acto que en la contemporaneidad, yo te podría llegar a decir que es un acto de arrojo.

—¿Cómo se hace para lograr pasar la línea de un personaje a otro con apenas un gesto?

—Te voy a decir algo que va a derrumbar un poco tu expectativa: esto se hace porque soy un ser humano, y la humanidad, como parte de nuestro atributo, es de poder ser relatores para otro ser humano. La madre cuando cuenta un cuento al chiquito, le cuenta el avestruz, le cuenta el perro, le cuenta el camino, le cuenta la lluvia, y el chico está extasiado escuchando a la madre cómo lo va transitando por un cuento increíble. Ahí pasan dos cosas: primero la voz de la madre, los primeros movimientos que ella hace y colabora el chico que tiene ganas de imaginar. Con esa cuestión tan infantil y tan primaria como la de una madre que le cuenta a un hijo, con esos mismos elementos, yo los tomo y los expando en el interior de un oficio, en el cual la materia prima con la cual se hace es la misma materia prima con la que vos le contás a un amigo un quilombo que tenés con tu compañero, cuando decís "y el flaco me dijo vos qué te creés" y el me dijo "cómo me hablás a mí así". Y en ese "vos qué te creés" le comunicás a tu compañero toda una experiencia, de manera que debo desmitificar el trabajo del actor y decir que en todo caso el actor es un atorrante que hace de lo humano un kiosco.

—¿Cómo es representar a un personaje contradictorio, que pasó el régimen de los nazis y de los comunistas, pero hacerlo en un país agrietado y plagado de contradicciones?

—Mirá, Charlotte dice "yo he seguido siempre mi propio camino que tiene generalmente a derecha y a izquierda un abismo", y ese "a derecha y a izquierda" no lo está diciendo ingenuamente, lo está diciendo muy claramente, y que ella ha intentado ver cómo se puede sobrevivir en el propio camino en esa situación. Por otro lado hay quienes dicen que supo sobrevivir porque eligió delatar a compañeros en medio de un régimen dictatorial, o sea que en esa situación que se manifiesta como inocente algunos la reclaman como culpable, como que colaboró. La pregunta es quién no está colaborando con un régimen que en definitiva no está de acuerdo, quién es la persona que puede decir "yo soy autónomo y no colaboro en ningún aspecto con ningún régimen o ninguna institución", bueno, me gustaría conocer a esa persona. Entonces, el espectáculo esta poniendo a este autor que tiene que decidir si cree o no cree en ella, y tiene que tomar una postura, y decide creerle o por lo menos decide ser piadoso en relación con las necesidades de sobrevivir. A pesar de eso, él termina diciendo que la última imagen que ha recibido de ella es la de un animal feroz que en cualquier momento puede arañar o puede matar, y yo creo que hace alusión a lo que el ser humano es capaz de hacer.

—Esa ambigüedad es permanente, porque Charlotte es hombre y a la vez mujer.

—Mirá, hay un momento en que Charlotte dice "yo soy mi propia mujer", no dice "yo soy una mujer". Esto produce algo extraño porque cuando la madre le pregunta por qué no te casás él responde "yo soy mi propia mujer" y alguien que dice eso está hablando desde un lugar masculino porque si no diría "yo me casé conmigo mismo". Es una situación muy particular y también es atractivo algo que sigo percibiendo, que es el respeto frente a las personas que tienen dificultad con este tema.

—¿En qué sentido lo decís?

—Es que estamos en un momento de enormes avances y extraordinarias conquistas, pero también hay muchos a quienes les cuesta adaptarse a esta contemporaneidad. Entonces yo festejo los avances, que la cabeza esté más abierta, que haya más tolerancia, la multiplicidad, festejo el derrumbe de lo único, pero también comprendo a quienes les cuesta articular orgánicamente esos fenómenos,. De golpe hay quienes les cuesta advertir que un hombre se afemina o feminiza, y comprendo que hay espectadores que sienten que la contemporaneidad los está obligando a caminar muy rápido. Lo bueno es que el tema ya está sobre la mesa, pero que el otro quiera comer de eso, bueno, hay que ser también tolerante y comprender que el ser humano construye el mundo de una manera determinada y que le cuesta mucho cuando alguien le dice que el mundo es de otra manera. En esto yo elijo no hacerme el canchero, porque también soy cerrado en algunos aspectos y me cuesta comprender el mundo de otra manera. Entonces, a veces hay vandalismos que no son solamente de los retrógrados, sino de los que de golpe dicen que "hay que cambiar". No, pará, pará, hay personas que les cuesta (risas).

—Y encima, o a través de todo esto, hay una historia de amor en "Yo soy mi propia mujer".

—Es una historia de amor porque este autor descubre que ha quedado absolutamente enamorado de este ser y estableció una unión y un agradecimiento porque le despertó el entendimiento de muchos aspectos que ignoraba. Entones no es un amor genital sino espiritual y humano, que le permitió al autor expandir sus entendimiento de lo que es la humanidad. En definitiva, tengo la intuición, tal vez, que algunos se vayan del teatro más humanos. Bueno, es lo que nos produce un viaje, que nos saca un poco de creernos que somos el centro del mundo y de pronto aparecés en China y decís "a la mierda, hay mucho más que yo" (risas).

—¿Cómo es que el espectador se puede enganchar con el drama de un travesti de Berlín o, en la tele, con "Moisés y los diez mandamientos", por ejemplo? ¿Es fácil acercarse a una historia tan lejana?

—"Yo soy mi propia mujer" es un espectáculo que pide y entiende que puede albergar determinada cantidad de espectadores, que son los que caen en la tentación de acercarse, de manera que ya ahí tenés un punto a favor. Yo no saldría a vender "Yo soy mi propia mujer" en medio de la cancha de Ferro, porque voy a terminar hecho un perrito salchicha pulgoso (risas). Es cierto que hay gente que se acerca porque tiene una actitud cariñosa hacia mi oficio. Imaginate vos el flaco que compra la entrada porque vio "El puntero" y de golpe me ve con una bata y tacos altos. Sin ninguna duda esa persona termina cambiando la figurita y acepta entrar en un viaje diferente, y eso es en parte lo que el espectador aplaude, no mi capacidad de desplegarme y expandirme, sino su capacidad de correrse y entrar en esa historia. Yo creo que el espectador no solo aplaude al que está en escena, aplaude el fenómeno y se aplaude a sí mismo.

—¿Además de esta obra estás bocetando algún otro proyecto en cine o tevé?

—Sí, estoy en dos proyectos: uno es una película que producirá (Adrián) Suar, que es una historia que le acerqué y tiene que ver con una madre y un hijo. Y voy a hacer también un unitario, una miniserie, que tiene que ver con un viejo maestro de danza, que se llama "El maestro" y la comenzaremos a grabar en abril de 2017. Me estoy entrenando mucho, ya que será una historia entre la danza y el amor, porque este hombre va a entrar en vínculo con una bailarina muy jovencita, a la que va a intentar salvar de una situación. Es como una historia de ninjas, pero con zapatillas de danza.

—Como cualquiera de tus personajes, seguís mutando siempre, no tenés tiempo ni de aburrirte.

—Mirá, por suerte el aburrimiento es una palabra que no existe en mi experiencia y la verdad que no se la deseo a nadie. Tengo mucho de qué ocuparme. La verdad que el rol que más me ha aburrido hacer es el rol de la vida social, ése es el que menos me interesa, es un embole (risas).

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Re: Статьи и пресса

Сообщение koruskant » Пн дек 19, 2016 16:14

Hermanos y también amigos

El productor y actor se asoció con Romay y Laviaguerre para programar El Nacional. Arrancarán el 19 de mayo con Un rato con él.
Hacía tiempo que Adrián Suar venía buscando un espacio teatral para producir y programar espectáculos en Buenos Aires. Su deseo se convertirá en realidad el año que viene. Así lo confirmó el propio Suar en conferencia de prensa el pasado jueves en Puerto Madero, en compañía de sus nuevos socios, el productor Nacho Laviaguerre (Más respeto que soy tu madre I y II) y Diego Romay, el hijo de Alejandro, quien dirige el teatro El Nacional. Será en la mencionada sala histórica de calle Corrientes donde el trío empresarial entrará en juego dentro de la escena comercial y en el que los productores aseguraron que “le darán lugar a obras de textos nacionales haciendo honor al nombre del teatro”. La temporada 2017 arrancará el 19 de mayo con la dupla Adrián Suar y Julio Chávez luciendo la marquesina de calle Corrientes con Un rato con él, un texto escrito por el propio Chávez y Camila Mansilla. Dirigirá Daniel Barone, mismo director que dirigió a Chávez en Red y El Puntero, exitazo unitario de Pol-Ka. “Es un orgullo que mi nombre se vea unido al apellido de la familia Romay”, empezó el gerente de Programación de El Trece y aseguró que: “Tenía muchas ganas de trabajar con Julio, entonces en marzo empezamos a diseñarlo y luego lo convencí para que lo escriba él mismo y por suerte aceptó”. Se trata de una comedia dramática conformada por cinco actores. “Son dos hermanos del mismo padre pero de diferente madre que se vuelven a encontrar para la división de bienes. Ese encuentro destapa situaciones, algunas muy graciosas, de haber vivido la misma historia pero de manera diferente porque es difícil que dos familiares recuerden un mismo hecho de la misma manera”, contó Chávez. “Mi responsabilidad va a estar en sacar de lo que se los ve cuando están juntos, de ese humor y esa química que tienen”, aseguró Barone.

En su rol de programador de El Trece, Suar confirmó que “ShowMatch seguirá en 2017” y aseguró que Este es el show termina el 30 de diciembre pero “Tal vez vuelva en marzo. Puede ser que sí. Nada está cerrado”. Por su parte, Chávez será el protagonista de un unitario para el segundo semestre del año que viene en coproducción con un canal de cable y escrito por Romina Paula y Gonzalo Demaría. “Se llama El maestro. Es la historia de un bailarín que de muy joven tuvo una lesión muy fuerte en un gran momento de su carrera. Le provocó decepciones, tiene una escuela de danzas, y está escéptico de la vida. Aparece una chica que quiere ganar una beca en Canadá”.
http://www.perfil.com/espectaculos/herm ... igos.phtml
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